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XII Certamen de Relatos Cortos.

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Ganadores y Seleccionados


La entrega de premios se realizará el día 21 de junio de 2018 a las 11:30h, en la Biblioteca Nacional de España (planta 0).


1er. Premio

Escribe, viaja.

Javier Faba García.

Escribe pequeñito,

que solo son noventa y nueve palabras.

Escribe bajito,

que en el tren la gente duerme.

Escribe bonito,

para alegrar el viaje a alguien.

Escribe rápido,

que los viajes pueden ser muy cortos.

Escribe mucho,

para quien tenga un largo trayecto.

Escribe en blanco y negro,

como antes.

Escribe viajando,

que los paisajes adornes tus ideas.

Escribe dulce,

que las palabras salgan de tu corazón.

Escribe cantando,

que la música embellece la vida.

Escribe fuerte,

que tus palabras no se escondan.

Escribe,

nunca sabes quién te leerá.

Escribe, viaja.

2º Premio

Orcasitas-Vladivostok

Jesús Alejandro Francés Dueñas.

Tú transiberiana.

Yo tan Cercanías.

Tú tan Hermitage.

Yo grafiti de chatarra.

Tú caviar del mar Caspio.

Yo fresones de Aranjuez.

Tú tan Orient Express, tan Poirot, tan Agatha Christie y yo tan cine de barrio.

Tú tan bella durmiente y yo tan ciudad dormitorio.

Tú tan Oro del Zar y yo tan tren de la bruja.

Tú tan largo recorrido, tan tren bala, tan AVE.

Yo tan cercano, tan tartana, tan carroza de calabaza.

Yo tan San Cristóbal Industrial.

Tú tan gare París-Austerlitz.

Yo me subo en Orcasitas.

Tú te bajas en Vladivostok.

3er. Premio

En armonía

Javier Goñi Serret.

Prisa siempre subía al Cercanías en hora punta. Por el contrario, Calma lo hacía en horas valle. Todo el mundo iba con Prisa a todas partes y nadie quería ir con Calma. Aunque, en el fondo, las dos compartían el mismo sentimiento de soledad. La primera por la compañía vacía que tenía y la segunda por la ausencia de la misma. Pero un día Prisa se durmió y se cruzó con Calma en el andén. Se conocieron y encontraron el equilibrio. Ahora se visten despacio cuando tienen prisa y se desnudan rápido cuando quieren hacerlo con calma.

Seleccionados

Abrazos

Eva Huelmo Traissect.

Me gusta la gente que da abrazos.

Sin prisas, sin miedo, sin vergüenza.

De los que te dejan sentir el latido

del corazón de aquel a quién abrazas.

La gente que sonríe porque sí,

aunque no te conozca de nada

y acabes de golpearla sin querer al pasar por su lado.

El tren está lleno de abrazos, de sonrisas,

de despedidas y reencuentros,

de miradas...

Sólo hace falta levantar la vista de nuestro ombligo

(o más bien de nuestro móvil),

solo un minuto, nada más,

abrir los ojos y mirar,

para descubrir a esa gente, esos abrazos…

y sonreír.

Abrazos de raíl

Jorge López Cascales

En una playa sin arena, sin conchas, sin mar. Muchedumbre sin toalla. Con la mirada en los paneles sin olas. En los rieles, los puertos, un hogar. Embarcamos en veleros con graffiti. En las orugas del capitán Train. Viajes sin velas, claraboyas de metal. Observamos cargueros en vez de rascacielos. Gaviotas volando las antenas sin radar. Vemos aparecer el arco iris. Delfines de pared. Palomas que se alejan y vuelven para recordar. Islotes sin palmeras. Náufragos con la mirada en la cantina. Espejismos que reflejan la adversidad. Viajamos, nadamos contracorriente. Buscamos destinos. Almas para abrazar.

Clásicos de Cercanías

Enrique Monchón Romera

Era lunes y estaba nublado, aunque lo peor fue aquella música. Julián soportó estoicamente el Réquiem de Mozart, incluso la Suite número 3 de Bach, pero el Adagio de Albinoni resultó ser demasiado. A las primeras notas sacó un cutter del bolsillo y lo colocó sobre su muñeca. Al verlo, la mujer de enfrente se abalanzó sobre él; también el joven de los tatuajes; y la chica del piercing… Fue el militar del mostacho, dando una palmada, quien detuvo el alboroto. «La cuchilla es suya —sentenció—; así que él va primero. Ya iremos viendo luego».

EL ENGAÑO

Rosa María Puig Pagán.

La conozco desde hace meses, y mientras espero en el andén, observo crecer el tapete.

Ella, con su moñito blanco y sus gafillas, tricota ajena al bullicio de la estación.

Los trenes de cercanías, al pasar, agitan su abrigo y al tiempo que cambia de aguja, me dedica una sonrisa.

Se la ve cómoda, como si aquello fuera el sofá, pero ya nunca hace ganchillo en su casa.

A las siete, como cada tarde, se sube el cuello del abrigo, recoge su labor y se marcha feliz.

Otro día que ha engañado al eco de su saloncito.

El viajero enamorado

José María Marín Morcillo.

Atocha

Subimos. Mirándola recuerdo el día en que nos conocimos. Su mirada tierna y amorosa.

Es posible que haya habido entre ella y yo algún malentendido, pero yo lo atribuyo a la diferencia de idiomas y no a creencias más profundas, porque para mí ella es mi única diosa.

Recuerdo cuando salíamos a correr y yo iba y venía para no dejarla sola. Ahora, sin embargo, no puedo evitar jadear para seguir su paso.

¿Me estaré haciendo viejo, mientras ella mantiene su juventud intacta?

Olfateo. Ya llegamos a Sol. Muevo el rabo y ella tira de la correa.

Huir hacia delante

Celia López Moreno.

El foco pasa de largo. Tengo dos minutos. Con presteza atravieso el espacio que he memorizado en la larga espera hasta la caída del sol. El foco regresa; acelero. Me golpeo el pie y aprieto los dientes para no maldecir en voz alta. Al menos he encontrado la vía. Frenos, una rueda, otra, muelles. Una abertura en la base, dijeron. ¡Sí! Unas manos desconocidas me aúpan. Me acurruco tras unas cajas, donde finalmente me rindo al agotamiento. Cuando abro los ojos el sol acaricia mi piel y el traqueteo me sacude los huesos. ¡Lo conseguí!

La hija del guardagujas

Ángel Saiz Mora.

Nos decíamos adiós con la mano. La sonrisa de aquella niña de mirada inteligente alegraba mis trayectos diarios en cercanías. Un día le mostré a través de la ventanilla un libro infantil que llevaba, para recomendar a mis alumnos. Días después ella también lo tenía. Volvimos a repetir este juego durante meses. Cuando aprobé la cátedra de literatura tuve que cambiar de trayecto y dejamos de coincidir.

Años después me llamó la atención el título de la novela de una joven promesa. La dedicatoria confirmó mi sospecha: “A mi maestro del tren. Gracias”.

Mi imagen pasajera

Juan Francisco Escudero Cobo.

A pesar de vivir a escasa distancia de la gran ciudad, jamás he salido de los límites del lugar donde nací y me gusta contemplar el paso de los trenes de cercanías desde un montículo junto a las vías. El aire es cristalino, mis ovejas pacen, me llega el sonido familiar y atisbo la máquina. De repente, aminora la velocidad hasta casi detenerse y, al llegar a mi altura, durante un instante, puedo verme reflejado en los cristales de la ventanilla, como un pasajero más. Acelera y se pierde en el horizonte, llevándose consigo mi imagen.

No efectúa parada en…

Milagros Medina Agudo.

Lo importante es salir y no donde vamos, aunque nunca llegue más lejos que antes de partir. No hay soplo de viento, no hay horizontes ni fronteras que cruzar; por no tener no tiene norte y no sabe lo que es llegar.

El trenecito da vuelta por los carriles como un tiovivo, sin reparar en el tiempo, el caso es salir de esa caja. Un torrente de voz aflautada anuncia la merienda y convierte la estación en una feria patas arriba.

NO QUERER LLEGAR

Ángel Vallejo.

Leo el periódico sentado en el tercer vagón, como siempre. Noticias sobre estadística, sobre la probabilidad mayor o menor de que ocurran cosas. Resultados pasados no garantizan resultados futuros, cuenta el anuncio de un banco mientras me pide mi dinero para afrontar con él arcanas inversiones. La expectativa de que nos toque la lotería resulta ser remota.

Nada de esto turba el avance suave del tren. Pero verte subir de nuevo, a la misma hora y en la misma estación de los tres días anteriores confirma que lo que dice el periódico es, por fortuna, mentira.

Quijote y tren

Sergio Mora Cenamor.

Desde mi ventana, protegido del frío y la lluvia, con los ojos perdidos en la lejanía, mi mente, invitada por el leve traqueteo de las vías, formaba historias de todo tipo. Algunas desaparecían al instante, pero otras, se tornaban perpetuas, como las de aquella vieja fábrica oxidada que día tras día, a través de sus chimeneas, escupía amenazantes gigantes de humo que aterrorizaban la ciudad, aplastando como hormigas a los coches que osaban hacerles cosquillas en sus etéreos pies. Pero allí, siempre, de la nada, aparecía un alocado jinete y su fiel escudero para combatirles.

QUISICOSA

Manuela Colado Moreno.

Un filósofo de apenas cinco años, meditaba oprimiendo su nariz contra el cristal de la ventanilla. Disfrutaba del viaje, con un maravilloso libro: el principito. De cuando en cuando, asomaba media cara por arriba y el vuelo de sus ojos salía y entraba del tren reconociendo similitudes entre viajeros y personajes. El genio, debió advertir que yo, encanecía confuso en el abismo de mi asiento, atrapado en la lógica adulta. Entonces, mirándome retador, dijo señalando un dibujo: ¿amigo, podría descifrar el enigma de este sombrero? Reflexioné… nunca lo invisible fue tan hermoso. Y la serpiente, liberó al elefante.

Reset

Raúl clavero Blázquez.

Dejé mi trabajo esta mañana, después compré una mochila de cuero, una brújula, y una libreta en la que apuntar los destinos posibles. Armado de un nuevo ímpetu bajé al andén, y he dejado pasar decenas de trenes hasta que por fin, cuando ya empezaba a perder la esperanza, ha parado frente a mí el mismo vagón en el que se me perdieron hace años, mientras dormía. He entrado a la carrera para recuperarlos y enseguida los he visto. Agazapados en un rincón me esperaban, débiles e imposibles, todos mis sueños.

Sol - Getafe Central

Irene García Obrero.

Hay fémures muy largos en este tren.

Correcaminos, mamás canguro que abrigan a sus crías, pendientes impares, sándwiches a medio comer.

El hombre de mi izquierda, el de la maleta azul báltico, vuela a Almería esta tarde.

Atravieso la parábola de su conversación en manos libres: “Es lo mismo de siempre, Andrés, lo mismo de siempre”.

Salgo de la estación, choco con una bicicleta y recuerdo que las bicicletas son para el verano. Cruzo semáforos y varios océanos. Llego a casa despeinada. Sonrío.

¿Quién encontrará la luna llena que dejé en el último vagón?

TREN DE PRIMERA HORA

Celia García-Cesto Huret

Frío. Noche. Silencio. La estación todavía duerme.

Calma.

4:55.

Irrumpes en mí, con prisa y sin permiso. Como un taladro contra una pared blanca. Y no tengo oídos que tapar para amortiguar el chirrido de tus ruedas sobre mis raíles.

Ojalá no te detuvieses.

Abres tus puertas, y la gente comienza a salir, a inundarme. Y no tengo piel que cubrir para no sentir las pisadas.

Sin siquiera mirarme, te vas. Y no tengo voz, pero no me importa.

Porque sé que como tú, vendrán cien más.

Y no podría gritar con solo 99 palabras.

TRENES PARA UNA VIDA

Ana María Abad García

El anciano se sentó resoplando en el banco de madera de la vieja estación del pueblo, como cada tarde. Le gustaba estar allí, recordando trenes. Como aquel del que se bajó pizpireta su novia tres días antes de la boda. O aquel tras cuya ventanilla agitaba la mano su hijo mayor cuando se marchó a estudiar a la capital. O aquel otro que todos los fines de semana de verano le traía a su hija y sus dos nietos con sus eternas sonrisas. Trenes. Recuerdos. Toda una vida.

Tu tren

Patricia Collazo González.

Se acabó, al próximo me subo aunque lo coja el mismísimo director. Demasiados trenes he dejado pasar. Dos por las de administración… ¿qué iba yo a decirles? Uno por el jefecillo ese de la cuarta. Y el último, por las limpiadoras. Me hubiera quedado mudo y rojo. Como ahora, cuando mi compañera María se acerca sonriente, me planta un beso en la boca y me empuja hacia el vagón. Confuso, la precedo. Nos sentamos. Cuando el Cercanías se pone en marcha, me coge la mano y me dice que ya era hora de que superara mi timidez.

ÚLTIMOS PENSAMIENTOS

Marcos Vasconcellos Naranjo.

Desde hace diez años hago el trayecto Nuevos Ministerios-Recoletos.

A la ida contemplo rostros, escucho voces y observo gestos. Recopilo vidas imaginarias y las anoto, nada más llegar, en la oficina. Estoy pletórico. Deseo hacer grandes cosas con mi vida.

A la vuelta, cansancio y desgana: sólo quiero llegar a casa.

Prefiero el regreso. Los escasos viajeros parecen fantasmas. El silencio habla. Respiro hermandad. Estoy en un lugar que me pertenece. Cierro los ojos. A veces sonrío como si me arropara en septiembre. Pienso en los últimos pensamientos. Justo antes que nos derrote el día.

Viajando con Cervantes

Fuensanta Domingo Pajares.

Tú,como cada noche,tras una ardua jornada de trabajo regresabas en el tren de cercanías.

El trasluz de los cristales al anochecer te mostraba dos figuras; a caballo, un esbelto caballero sujetando una lanza; le acompañaba su orondo escudero a horcajadas de "rucio", cuyas alforjas iban repletas de libros que tú habías leído en tus trayectos; Cervantes, Shakespeare,Garcia Lorca, Whitman...un sinfín de escritores que salían de sus páginas para saludar a los pasajeros.

Al llegar a tu destino te diste cuenta de que además de leer en el tren, también se podía soñar.

Viaje de Jerez a Cádiz

Neva del Coral Pantojo Vázquez.

Calzo mis tacones, y un pantalón de corte actual. Subo a mi tren.

Su trayectoria, la de siempre, de Jerez a Cádiz.

Hoy soy turista en mi tierra.

Reflexiono, observo y recuerdo.

Jerez pone el vino y unos caballos que bailan.

El Puerto un poema de Alberti que aún susurra en mis oídos.

En San Fernando huele a salinas, suena a Camarón, se escribe

La historia en un teatro y un puente.

Cádiz es hoy mi destino.

Llego sin atuendo de carnaval.

Hoy recojo mi premio escuchando El Amor Brujo de Falla.

Viajero

span class="resaltado">Mª Daniela Pereira (Deilana).

Miraba por la ventana. Ver pasar los paisajes a gran velocidad tiene algo de hipnótico y de mágico. Se desdibujan las formas, se deshacen las horas.

Observar a los pasajeros que van y vienen, imaginar sus historias, tiene un encanto diferente. Si tan sólo le vieran también a él…

Recuerda poco. Entiende, pero no acepta. Quiere, pero no suelta. Sigue atrapado en el tren.

Ensimismado y atemporal, le sorprende la mirada de una niña que se cruza con la suya.

“¡No es posible!” – Piensa – “No es a mí.”

Entonces, con naturalidad y cierta picardía, ella le sonríe.

¡Vuelve!

Almudena Mendoza Berenguer.

Me parece que me he perdido, ella se ha levantado rápidamente y me ha dejado en el asiento. Los niños me miran diciendo algo a sus padres pero aquí estoy solo sin saber qué hacer. No es nada sin mí, siempre me lo dice. ¡Vuelve, estoy aquí! Por megafonía anuncian la parada de ella –la nuestra–, nunca nos separamos ni siquiera en el tren. Una musiquilla que me es conocida comienza a sonar y vibro de alegría: allí está mi dueña corriendo hacia a mí. Me recoge y nos lanzamos juntos... a las puertas abiertas del tren.

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