Cada noche, cuando el tren dormía en el garaje, extrañas criaturas aparecían sin hacer ruido. No tenían forma fija;salían de los asientos, de las ventanillas, de las luces apagadas. Convertían cada vagón en un circo distinto: malabares en el primero, acrobacias en el segundo, magia en el último. El convoy vibraba con sus risas; corrían de un lado a otro mientras inventaban trucos imposibles. Al llegar el amanecer, todo se desvanecía como si nunca hubiera ocurrido. Cuando el maquinista llegaba, hallaba un silencio perfecto. Solo él intuía que el tren soñaba despierto cada día.
Cada tarde, el anciano abordaba el Cercanías para dejarse guiar por la megafonía. «Móstoles», «Nuevos Ministerios», «Atocha». Para él, no eran paradas, sino cicatrices de luz: el primer empleo, la lealtad de un amigo, el rastro del amor. Una joven, intrigada por su viaje circular, le preguntó qué destino buscaba con tanta alegría. Él, acariciando el cristal de la ventana, susurró:
—No busco llegar a ningún sitio, hija. Solo compruebo que mis recuerdos todavía saben volver a casa.
La ventanilla del tren encuadra el páramo industrial. El verde absoluto de abril se alza pujante entre las ruinas de naves industriales, trepa vigoroso por las torres de alta tensión, surge imparable entre las grietas de muros arrumbados, cubiertos con pintadas de yonquis carentes de imaginación. Si la ventana se abriera, el estruendo armonioso de los pájaros competiría con el chirrido metálico y uniforme de los móviles, telas de araña de luz azul que atrapan en su red a los viajeros, absortos. Mientras, el tren se abre paso imperturbable por la densa niebla que todo lo envuelve.
El pueblo llevaba siglos esperando un camino que no fuera polvo. El día que inauguraron la estación, todos bajaron a ver los raíles brillar como una promesa. Nadie recordaba haber visto un tren, pero todos sabían su sonido. Hubo música, pan caliente, risas. Cuando el tren llegó, despacio, nadie bajó ni subió. Entonces lo entendieron: no era para irse. Era el mundo el que, por fin, venía a buscarlos.
Cientos de pasajeros cruzan el campo para ir a la ciudad cada día. El traqueteo del tren matutino es naranja; el del vespertino, azul; y el resto del día, rojo. El paisaje está decorado con flores coloradas. Las amapolas teñirán siempre de papel crepé el lugar donde se derramó sangre en el fratricidio. Manchas en el horizonte cuya memoria nos devuelve a la convivencia. Es primavera y las vías asisten al recuerdo de nuestro pasado. Es primavera y las amapolas esperan que los pasajeros sepan el porqué florecen.
En el andén de la Estación de Atocha, Clara subió al Cercanías C-5 con un café temblando entre las manos. Frente a ella, un violinista afinaba en silencio mientras el tren avanzaba hacia Móstoles. Entre túneles y anuncios distorsionados, sonó una melodía suave. Los pasajeros dejaron de mirar el móvil. Un niño sonrió, un ejecutivo suspiró y Clara, por primera vez en meses, olvidó el mensaje de despedida que llevaba guardado en el bolsillo.
La maleta iba sola. Avanzaba por el pasillo del Cercanías cada vez que el tren frenaba, chocaba contra unos zapatos, retrocedía, volvía a intentarlo.
Al principio todos rieron. Luego alguien preguntó de quién era. Nadie contestó. La maleta siguió su pequeño viaje entre piernas, bolsas, paraguas, vidas cansadas de sostenerse. Al llegar a Atocha, se abrió con el golpe. Dentro no había nada. Solo el olor limpio de una casa recién abandonada. Los pasajeros bajaron en silencio. Cada uno comprobó, sin querer, el peso de lo suyo.
En la feria del libro antiguo de Recoletos adquirí unos Episodios Nacionales. Al abrirlos en el tren, encontré una nota escrita en 1940: «la libertad es un transbordo que nunca termina». Entonces el traqueteo del Cercanías se volvió carga de caballería y el vagón brilló con la luz de 1808. Al bajar este dos de mayo, con el pulso acelerado, entendí que aquella caligrafía de posguerra era un billete aún vigente. La historia no es pasado: es el motor que nos empuja mientras viajamos hacia lo que todavía no somos.
Yo, Lazarilla, hija de andenes, hice de la prisa oficio. Caducóseme el abono, mas no las ganas, y ante tornos severos aprendí a pasar con maña. Los trenes, tan llenos, eran batalla: entrar requería arte, no fuerza, y salir, paciencia. Entre sudores, retrasos y avisos tardíos, fui afinando el ingenio, que en vagón repleto más vale astucia que empujón. No me excuse el lector, que sé mi falta, mas entienda que en esta corte de hierro quien no espabila queda en tierra, y yo, pobre, solo quise llegar a tiempo a mi destino.
En el cristal, su reflejo. Al otro lado, campos silentes. El tren surca la tierra vieja entre olivos centenarios. Piensa que, a vista de pájaro, semejarán las vías la marca de un costurón sobre piel añeja. La fotografía que sostiene también se replica. O se desdobla. ¿Y si en la ventanilla no se deslizara una lágrima por su mejilla? Anhela que este viaje sea el primero, aquel que la alejó del pueblo. El padre quedó en el andén, la mano en alto, oscilando la tristeza. Que esta escena se bifurque y ella no venga de enterrarlo.
A última hora, el tren recoge lo que el día ha dejado en el aire. De la mujer que sube con flores cansadas, un pétalo rendido. Del hombre que no abre su libro, una frase detenida. Del niño que cuenta estaciones, una palabra en suspenso. De quien duerme exhausto, un sueño sin defensa. De quien baja deprisa, el hueco tibio de su asiento. Nadie permanece. Pero durante unas paradas, el mundo cabe en el mismo vagón. Luego las puertas se abren. Cada cual recoge su nombre, su prisa, su sombra. El tren sigue.
Calixto se echó las manos a la cabeza cuando vio salir humo del capó de su Bentley. ¡Cáspita! Tenía una cita ineludible. Llamó a la grúa, pero había atasco. No desesperó. Desde la autopista se divisaba la estación. ¿Él, lo más granado de los pagos palaciegos, viajando en Cercanías? Pues sí. Vio cómo cargaban el Bentley desde el tren, que emprendió la marcha. Cerró los ojos y se dejó llevar por el traqueteo. Pensó en el Orient Express y sonrió. Miró el reloj. Iba a llegar a tiempo a su cita con Melibea.
Aurelio se ha jubilado en la asesoría, ahora tiene que aprender a recrearse y sacarle jugo a su existencia. Solicita en la estación la nueva tarjeta de transporte, roja, brillante, con su foto insertada en el reverso. La pasa por el torno y en el andén, sin pensar apenas, se sube al convoy de cercanías. El tren avanza y él recuerda... Una mujer lo mira y le sonríe, Aurelio está sonriendo también sin saber quién ha empezado primero, y se pregunta cuánto tiempo hacía que no viajaba a razón de nueve o diez traviesas por latido.
Siempre me equivoco de asiento. Si me siento junto a la ventana, pasa algo importante en el pasillo. Si me siento en el pasillo, la historia ocurre en la ventana. Hoy me he quedado de pie… por si acaso. Recuerdo aquel viaje en que cambié de sitio en el último segundo y perdí una conversación que aún me persigue. O aquel otro en el que no me moví y perdí a alguien sin haberlo conocido. En Cercanías, los asientos no son asientos, son decisiones disfrazadas. Y yo, como siempre, llego tarde a la correcta.
Sé que echa de menos el mar, su vieja barca de pesca, el olor del salitre y las algas. El puerto queda lejos pero la estación está al lado de casa. “Vamos, abuelo, demos un paseo en tren”. Nos cuesta llegar pero, al fin, bien acomodados, iniciamos el viaje: abandonamos el pantalán de Tres Cantos para zambullirnos en el oleaje de El Goloso, esquivar un navío pirata en Cantoblanco y avistar una ballena blanca en Fuencarral. Al llegar a Chamartín, nos apeamos siguiendo el canto de una sirena y, en su compañía, emprendemos el regreso.
En el Cercanías de las 7:42 viajan un paraguas olvidado, dos ojeras, tres silencios y un adiós mal doblado dentro de un bolsillo. La revisora no pide billetes: recoge pérdidas. “¿Algo que declarar?”, pregunta al llegar a Chamartín. Todos bajan más ligeros; yo no. Sigo aferrado a una culpa antigua, caducada y terca. Antes de cerrarse las puertas, una niña me mira y señala el asiento vacío a mi lado: “Señor, también puede dejar eso aquí”. Por primera vez, obedezco.
Cuando el día de sus bodas de oro le pregunté a mi abuelo por cómo se conocieron, él me dijo que fue un día al subir al tren de cercanías. Llovía mucho, mi abuela resbaló cuando se dirigía al vagón y mi abuelo la cogió antes de caer. Perdieron el tren y comenzaron a hablar esperando el siguiente. Al decirle yo que tuvo suerte ya que se conocieron por casualidad, mi abuelo sonrió y me dijo que no fue azar porque gracias a aquel tren perdió 10 minutos de viaje pero ganó 50 años de felicidad.
Atocha exhala viajeros mientras el Cercanías serpentea hacia el extrarradio. Dentro, somos islas de asfalto y silencio, aislados por el brillo de las pantallas. Pero entonces, al cruzar el Jarama, el atardecer incendia los cristales. El metal se vuelve oro y, por un instante, el móvil deja de importar. Las pupilas se dilatan frente al río, los hombros se relajan y una sonrisa compartida nos devuelve la humanidad olvidada. Ya no somos desconocidos; somos el mismo viaje bajo la misma luz. El tren nos ha devuelto la mirada.
En el Cercanías, el vagón 7 viajaba medio vacío. No era azar, era un vagón sin cobertura. Una semana ocurrió algo inexplicable. Un lunes, dos desconocidos se dijeron hola. El martes, otros jugaron a las cartas. El miércoles, alguien llevó café. En una semana, el vagón dejó de sobrar. El resto del tren siguió inclinado sobre pantallas. En el 7, en cambio, la vida se quitó los auriculares.
Los trenes de los cuentos están en una casita que se llama Estación de Tren. Y cuando te subes a uno, tu papá en volandas te sienta en un trono rojo que se te pega a las piernas.
- ¿A qué huele? – A aventura, contesta mamá.
- ¿Por qué corren tan rápido los árboles?
- Porque si no corren deprisa, perderán el tren.
Me tapo y destapo los oídos y no suenan a caracolas. Suenan a la máquina de coser de mamá, pero con silbato. Más fuerte. No marea. Y me duermo, como las Princesas encantadas.
A veces Antorno se pone de mal humor, me llama caducada o dice cosas que no entiendo y no me deja ni entrar... Mientras, la insistente Mariafonía, nos avisa de que nos demos prisa ya que el próximo tren destino Parla, está a punto de efectuar su salida, ¡vaya nervios! Menos mal que Andrén es sosegado y siempre nos espera, ofreciendo todo su apoyo, igual que Cantenaria, que aunque sea tan alta y parezca estirada, nos brinda Cercanías a todos.
Leganés, siete de la mañana. El invierno funde su escarcha sobre el vidrio, ocultando el mundo tras un velo helado. Ella escribe. ajena al rítmico balanceo del vagón que devora las vías con su lamento de hierro. El tren se mece, hipnótico, mientras las estaciones huyen. Me inclino, fascinado por sus dedos elegantes y el misterio de sus trazos, y leo aquel título: "Destino incierto". Una chispa de intenso interés recorre mi mente; observo su figura concentrada en el acto de crear. El convoy frena en Atocha. Salgo, guardando en mi memoria tu imagen de otro tiempo.
Arropabas mi manita con tu mano rugosa llena de experiencias y sabiduría, como el cedro añoso bajo el que nos sentábamos en la estación. Me ensañabas a mirar más allá de las caras cansadas o alegres de los viajeros y me mostrabas los infinitos caminos que como vías de futuro se abrían ante mis ojos. Hoy me siento bajo el mismo cedro, y con tu presencia en mi corazón, busco el tren que me devuelva tu mirada, que me lleve a tu mano, que me haga soñar igual que cuando estabas a mi lado.
Yo crecía y crecía mientras viajaba en Cercanías. Supe a qué sabían los besos en la estación de Recoletos. Me llamaron de mi primer trabajo al pasar por Vicálvaro. En Atocha me di cuenta de que podría superar cualquier derrota, pero en Príncipe Pío aprendí que las victorias sin amigos no tienen sentido. En Getafe lloré la muerte de mi padre y en Pinto empezó a hablar mi hijo. Incluso en Chamartín comprobé que siempre hay campo para el amor. ¿Entendéis ahora por qué no quiero mis cenizas en el mar, sino en el subterráneo de mi ciudad?
Tras meses atrapada en su propio cuerpo, Carmen regresaba a la vida activa, encogida y con dudas: ¿Sabría encender el motor de la productividad? ¿Guardarían sus manos la memoria del oficio? Ella y la incertidumbre del primer día subieron al Cercanías de las seis, y el paisaje humano la envolvió con una calidez inesperada. El chico de la mochila rota dormía, y la mujer del abrigo largo buscaba, como siempre, sus auriculares. Rostros anónimos, congelados un tiempo que para ella había sido un abismo. Se serenó. El mundo seguía girando y, milagrosamente, volvía a estar a bordo.