Aún respira pasado aristocrático y conserva recuerdos de su pujanza industrial. Todo ello con el Cantábrico como decorado y ese particular culto a la buena vida que de forma tan acertada manejan en el País Vasco.
Texto: Pacho G. Castilla
En 1917, José María Bayo decidió seguir en Getxo la tradición pastelera de su abuela, Martina Zuricalday, quien, a finales del XIX, convirtió una pionera pastelería-chocolatería en centro de la vida social de Bilbao. Pero quiso, eso sí, dar un ‘twist’ a esa herencia golosa con una “repostería más fina, más francesa” –como asegura Elisa Verdara, hija de la actual dueña, Ana Olabarría–, trayendo a estas tierras los primeros ‘croissants’. Dos siglos (y seis generaciones después), siguen “pintando las palmeras o cortando los bollos a mano”. Sus famosos bollos de mantequilla reinan entre más de 300 recetas diferentes donde también destacan la colineta, “un dulce en peligro de extinción”, el (pastel) ruso o los suizos.
Una conocida ‘bilbainada’ (género musical tradicional vasco) sitúa en la misma estrofa a las sardinas de Santurce, las merluzas de Bermeo y... el puente de Portugalete –“el mejor Puente Colgante”–, dice la melodía. Conocido también como Puente Bizkaia, se construyó a finales del XIX parar unir las dos márgenes de la ría: entre Portu (Portugalete) y Areeta (o Las Arenas, uno de los barrios de Getxo). Es el primer puente transbordador del mundo que fue construido con estructura metálica, y el símbolo de aquel Bilbao que se desarrolló gracias a la industria. Una imponente estructura –con cuatro torres de hierro unidas por un travesaño de 160 metros– que sirve para transportar vehículos en su icónica barquilla (de 36 ruedas y 25 metros). Aunque no son pocos quienes utilizan sus ascensores para atravesarlo a pie y de paso contemplar cómo la ría que perfila la ciudad de Bilbao se abre al mar.
En un extremo de la getxotarra playa de Ereaga, el empresario Horacio Echevarrieta encargó en 1918 al arquitecto Ricardo Bastida una estructura a modo de muro de contención de las rocas que se desprendían, y que se convirtió en “el lugar de encuentros y negocios de Echevarrieta”, según delata María Peraita, directora de la Fundación Punta Begoña. Considerada una de las edificaciones más importantes del País Vasco, fueron usadas como “refugio antiaéreo y hospital durante la guerra civil, cuartel del ejército italiano, sede de negociaciones, espacio de asistencia social… y, décadas más tarde, de juegos, fiestas y también espolio y expresión social”, recuerda Peraita. Tras varias décadas de abandono, en 2015 se puso en marcha su recuperación. Mientras tienen lugar las obras de rehabilitación, acoge “actividades culturales, formativas o sociales”.
La artista Sonia Delaunay inspira el nombre de este restaurante que dirige Beñat Ormaetxea, donde practica una cocina guiada por la regla del “3x3”: “elemento principal, guarnición y salsa”. “Y si hay un cuarto, que sea por algo”, precisa Ormaetxea. Para explicar su visión del oficio, el chef añade: “En Europa terminan un plato cuando no saben qué más poner; en Japón es todo lo contrario: lo acaban cuando no saben qué más quitar”. Aquí prima el producto de temporada y el cercano mar impone su argumento.
“Getxo tiene esa mezcla de ciudad balneario a la inglesa, pueblo pesquero y medio rural”. Eso fue lo que más cautivó a María Peraita cuando llegó aquí. Un entorno que permite realizar un paseo junto al mar parar revivir su época de esplendor, cuando, a principios del XX, arquitectos vascos proyectaron las grandes villas residenciales, declaradas Bien Cultural. El recorrido se completa con el Molino de Aixerrota, del siglo XVIII, el Fuerte de La Galea, o el Tunel-boka, “donde desembocaba la que fue la primera red de saneamiento moderno de España”, recuerda Peraita, “de cuyo trazado dan cuenta unas curiosas edificaciones llamadas ‘malakates’ que salpican el Getxo más interior”.
Dicen que en este antiguo pueblo de pescadores –de casas blancas y calles empinadas en la parte baja de Algorta y junto a la playa getxotarra de Ereaga– se inventó el ‘kalimotxo’. Ocurrió en 1972, en plenas fiestas de San Nicolás. Aquí ya no están los barcos amarrados al muelle, pero sí que se conserva el alma marinera y festiva entre sus calles... y en sus bares. La tradición manda pedir unas rabas al “estilo Euskadi” (muy rebozadas) o magurios (bígaros) en Irrintzi (Arlamendi Kalea, s/n) o Portu Zaharra (Aretxondo, 20), y no perderse la mejor tortilla de patata de Getxo (¡o del mundo!): la que preparan en Ajuria (Andrés Cortina Kalea, 2).
Una de esas grandes villas familiares que salpican la costa se ha convertido en hotel de lujo. En él, ofrecen una experiencia inmersiva en el pasado de Getxo. No solo para entender la arquitectura ecléctica del momento –“el edificio fue diseñado en un estilo neomedieval de aire británico con rasgos Reina Ana y neogótico”, como indica Pelayo García-Miñaur, director del establecimiento. Además, es el entorno perfecto para disfrutar del paisaje “ya sea saboreando un vermú en su terraza, mirando el mar en los días de sol...”. Incluso, “viendo llover desde uno de sus miradores mientras tomas un té. Una experiencia muy Bilbao”, define García-Miñaur.
Bilbao cuenta con 2 trenes Alvia por sentido que la unen cada día con Madrid (con parada en Segovia, Valladolid y Burgos) y otra con Barcelona (también con Tarragona, Lleida, Logroño y Zaragoza).
Los trenes del núcleo de Cercanías de Bilbao la unen con las principales localidades de la provincia.