Antes villa palaciega, se transformó en ciudad gracias al vino y al ferrocarril. Aunque el progreso de la Capital del Rioja hubiera sido imposible sin el auténtico catalizador de un territorio privilegiado: el serpenteante río Ebro.
Texto: Pacho G. Castilla
Un faro que alumbraba la confluencia del Ebro con su afluente, el Tirón. Dicen que ese fue el origen de Haro. Recorrer el caudal más abundante de España sumerge en el patrimonio del valle de La Rioja Alta, protegido por la Sierra de Toloño, que frena las lluvias que llegan del Cantábrico y mantiene el clima idóneo para las vides. Borja Reche, de la empresa de enoturismo Grape Aventura, sugiere recorrer el río en ‘kayak’, y los viñedos, en ‘quad’ o bicicletas; y hacer una parada en la ermita de San Felices de Bilibio, desde la que “se vislumbra una panorámica del valle y la entrada del Ebro por Las Conchas de Haro”.
“Cuando viajo, solo visito las ciudades más importantes del mundo: Haro, París y Londres”. De esta forma, a principios del siglo XX, Felipe Etcheverría, dueño de una curtiduría de piel, se refería al hecho de que la localidad jarreña fuera la primera en España en contar con alumbrado público, casi al mismo tiempo que las capitales francesa y británica. Haro fue una de las ciudades más prósperas del país, y todo a causa de la filoxera (insecto que crea plagas), que provocó que los bodegueros franceses vinieran aquí a comprar vino. Llegaban, además, en tren. Pronto, la demanda la cubrieron empresarios españoles, dando origen al Barrio de la Estación, un entorno de gran valor debido a su patrimonio histórico y enológico que reúne la mayor concentración de bodegas centenarias (seis) del mundo. “A causa del desarrollo del ferrocarril, las bodegas harenses pudieron progresar comercialmente y, gracias esa actividad, Haro fue creciendo, no solo en población, también en reconocimiento y prestigio, bautizándola como La Capital del Rioja”, asegura Mayte Calvo de la Banda, presidenta de la Asociación del Barrio de la Estación.
Hasta Gustave Eiffel, el ingeniero francés que proyectó la parisina torre que lleva su nombre, dejó su huella en el Barrio de la Estación. Lo hizo en la bodega CVNE, en una inmensa nave sin columnas y con una fórmula innovadora de sujeción con cerchas metálicas. “Antiguos almacenajes, guardaviñas, casetas o laberínticos calados se han rehabilitado para convertir las centenarias bodegas del barrio en museos etnográficos del vino”, prosigue Mayte Calvo de la Banda. Tras descubrir la historia del barrio, la experiencia se completa probando los vinos en espacios como El Garaje del Club de Cosecheros, un ‘wine bar’ situado en la antigua cochera de la bodega La Rioja Alta S.A; en la idílica terraza de Bodegas Muga, degustando los sabrosos productos locales, o disfrutando inmerso en los magníficos jardines de Bodegas Bilbaínas.
Una cocina abierta, económica, “alimentada con excedentes fósiles (sarmientos, cepas, madera de roble, haya y encina, no deforestada), sin gas ni electricidad. La limitación como herramienta creativa. Es nuestro cable a tierra, que nos une con el entorno.”. Así fue cómo Miguel Caño (exjefe de cocina de Mugaritz) regresó a su localidad natal, donde hace tres años montó Nublo en una casa palacio de 1528, y junto al restaurante familiar: Los Caños. Con una oferta gastronómica que “transita entre la artesanía y la creatividad” y apostando por “ser locales con una mirada global”, hace unos meses refrendó por tercer año consecutivo, una estrella Michelin que logró tan solo cuatro meses después de su apertura. “No tenemos la estrella verde porque no tenemos huerto”, precisa el chef. Nublo tiene una de las salas más bonitas del mundo (Santos Bregaña firma el interiorismo). Y aquí el ritual obliga a pasar por la cocina antes de sentarse a la mesa, para entender, asegura Caño, todo lo que ocurre después.
A finales del XIX la villa de Haro se convirtió en ciudad, debido al desarrollo que trajeron el ferrocarril y el vino... o viceversa. Fue cuando se desplegó una “heterodoxa arquitectura doméstica”, o del eclecticismo, según la historiadora Inmaculada Cerrillo, con edificios como la antigua sede del banco de España o la Estación enológica. Construcciones que conviven con casas señoriales de estilo plateresco y barroco, como el Palacio de Tejada, que muestran por qué Haro fue declarada “la ciudad palaciega”, y edificaciones religiosas, como la Basílica de Nuestra Señora de la Vega.
Por la tarde –y a la hora del aperitivo– dos calles de la localidad (San Martín y Santo Tomás), que forman una peculiar herradura, se convierten en el destino por excelencia. Entre casas solariegas y desde 2013, un mural pintado en un edificio de la Plaza de la Paz que reproduce el cuadro de Enrique Patermina ‘Costumbres jarreras’ (conocido como Los Borrachos), da buena cuenta de lo que espera al visitante. Ir de pinchos aquí es obligado, y Miguel Caño el mejor de los cicerones. Estas son las paradas que el chef jarreño siempre recomienda: “Un pimiento relleno en Los Caños (Pza. San Martín, 5), un cigüeño (bocadillo de beicon, queso y lomo) en el Bar Pirolo (San Martín, 8), unas delgadillas (morcillas típicas) en el Beethoven (Santo Tomás, 3) o una empanada en Los Berones (Santo Tomás, 28)”.
A solo cinco kilómetros de Haro, se encuentra uno de los pueblos más bonitos de La Rioja: Briñas. Allí, en una casa señorial del XVIII y en uno de los meandros (o tondón) que perfila el Ebro, está el hotel Palacio Tondón. Su rehabilitación, que firma el italiano Giovanni Muzio, respeta esa dupla entre piedra y madera, eficiencia y sostenibilidad.
Palacio Tondón. Campo, 2. Briñas.
La circulación diaria de todos los trenes de la compañía evita al año la emisión de 4,7 millones de toneladas de CO2 y supone un ahorro energético equivalente a cerca de 1,3 millones de toneladas equivalentes de petróleo.