Un detalle de la fachada neomudéjar de la Casa Vicens, efervescente muestra de un Gaudí primerizo que se conserva en el barrio de Gràcia.
Barcelona,
tras las huellas
del Gaudí oculto
El flamenco de artistas emergentes resuena en unas caballerizas del siglo XVI, una hermandad prístina de esclavos negros se actualiza y un restaurante pasa los ingredientes del pueblo por el tamiz de la alta cocina. En la capital andaluza, lo tradicional se perfecciona.
Texto: CLAUDIA VILA GALÁN
El peculiar pórtico ondulado de la Finca Miralles, con la que Gaudí reinterpretó a su peculiar manera las tradicionales barracas valencianas.
Se instaló en Barcelona en otoño de 1868, con 16 años. Planeaba quedarse hasta completar el bachillerato, pero residió en la ciudad hasta el final viviendo, ya en sus últimos días, recluido en su taller al pie de la Sagrada Familia. Antoni Gaudí i Cornet –nacido el 25 de junio de 1852 quizás en Reus o en la vecina Riudoms– añoraba, según sus biógrafos, la luz, la calma y la coherencia vital de las comarcas de Tarragona. Aun así, se propuso transformar la ciudad condal. Aquí dejó cuatro obras soberbias: las casas Milà y Batlló, el Park Güell y la Sagrada Familia, que figuran entre los monumentos más visitados de la capital catalana. Pero más allá de ese cuarteto de ‘gigantes’, existe otro Gaudí barcelonés que no siempre aparece en las guías turísticas: el de las farolas de la plaça Reial, las losetas hexagonales del Passeig de Gràcia y el de otros siete edificios que son ventanas abiertas a un modernismo alternativo.
Pilar Delgado posa en uno de sus rincones preferidos de la Casa Vicens, espacio en el que ejerce de directora de comunicación y divulgadora de la obra de Gaudí.
Para Pilar Delgado, arquitecta y responsable de comunicación de Casa Vicens (Carrer de les Carolines, 20-26), este edificio modernista de influencia neomudéjar “ofrece la oportunidad de descubrir a un Gaudí muy joven, todavía en búsqueda de un estilo propio, pero ya extraordinariamente creativo”. En opinión de Delgado, “se trata de su primera gran obra, y permite identificar el origen de muchas de las ideas que desarrollará después: el cromatismo, el trabajo artesanal, la influencia de la naturaleza y el cuidado por el detalle”.
Raúl Sánchez, arquitecto granadino afincado en Barcelona, le atribuye “esa osadía y exceso de quien se sabe capaz de grandes cosas y quiere demostrarlo en cada detalle, en cada gesto. Resulta tan colorida, tan llamativa en su entorno actual, que recuerda a una casa de muñecas que pide que la miren”. Además, con su apuesta por la fantasía y la exuberancia bien calibradas viene a ser “una bofetada a ese exceso de rigor y seriedad que con frecuencia se imponen muchos arquitectos”, precisa Sánchez.
La exuberante terraza del Palacio Güell, una de las obras más peculiares del Gaudí al servicio de la alta S burguesía barcelonesa.
En la parte baja del Eixample, Casa Calvet (Caspe, 48) pasa por ser una de sus obras más convencionales. Pese a ello, el diseñador italiano Roberto Chiocchi, que alquiló uno de los apartamentos del edificio en 2019, valora especialmente “su fachada de piedra de arenisca de la montaña de Montjuïc, sus baldosas hidráulicas, el artesanado de madera y estuco, las barandillas de hierro forjado” e, incluso, “su distribución de espacios, acogedora y mágica, aunque poco práctica, con pasillos largos, arcos y recovecos”.
Otro ejemplo del Gaudí menos conocido es la Torre Bellesguard (Bellesguard, 20). Este castillo troquelado que se esconde en un rincón de la falda de Collserola fue declarado Bien de Interés Cultural en 1969. Para su conservador, el director de la Cátedra Gaudí, Galdric Santana, se trata de una “intervención”, un intento de restaurar y dialogar con los restos del palacio medieval de Martín el Humano que se alzaba en este lugar. La paz y belleza de su jardín, “la estética cambiante de cada una de sus plantas” y su magnífica escalera de hierro lo convierten, según Santana, en “visita obligadísima”.
La austera fachada de Casa Calvet, un edificio muy apreciado por su pulcra y artesanal atención al detalle.
Al igual que el Palacio Güell (Nou de la Rambla, 3-5), el primer edificio en que Gaudí recurrió a la técnica del trencadís, un tipo de mosaico en el que se entrelazan fragmentos de cerámica unidos con argamasa. La historiadora del arte Natalia G. Barriuso lo describe como “enigmático”, y de unas dimensiones muy modestas para tratarse de la residencia de un cliente inmensamente rico. Un Gaudí en miniatura.
Raúl Sánchez, arquitecto granadino afincado en Barcelona, para el que Casa Vicens “recuerda a una casa de muñecas que pide que la miren”.
Arcos parabólicos y ventanas con rejas de hierro del Colegio de las Teresianas.
Entrada de los Pabellones Güell, con un dragón de hierro forjado y torres de ladrillo y cerámica.
Tres paradas más permiten descubrir al Gaudí más discreto. En la calle Ganduxer se encuentra el Colegio de las Teresianas, un innovador edificio con fachada de ladrillo visto, un laberinto de jardines, arcadas y patio protegido por una espléndida reja de plomo y hierro forjado. La Finca Miralles (Pg. de Manuel Girona, 55-57), por su parte, es una señorial reproducción de una barraca valenciana. Cuenta con un pórtico de formas sinuosas coronado por un techo con escamas de cerámica, y está entre lo más delicado del Gaudí barcelonés. Como colofón a esta excursión por el Gaudí periférico y distinto, en el barrio de Pedralbes se alzan los Pabellones Güell (Avda. de Pedralbes, 7): un deslumbrante conjunto de caballerizas, caseta de guardia y cuatro pórticos que Gaudí diseñó para la familia Güell en 1883, cuando era tan solo un joven visionario de 31 años.
Interior de Torre Bellesguard, también conocida como Casa Figueras.
Una estupenda coctelería inaugurada en 1968 que aprovechó y readaptó la decoración de Casa Gallés, tienda de paraguas y abanicos de primeros del siglo XX. El local conserva ese aire modernista y elegante que recuerda al comercio original al que Gaudí, en alguna que otra ocasión, acudió.
Carrer del Pas de l’Ensenyança, 2.
El célebre arquitecto conoció este espacio como barbería y como servicio de alquiler de berlinas. En 1912 en convirtió en una de las confiterías más elegante de la ciudad y hoy es un bar ‘boutique’ con encanto y solera, muy apreciado por su cuidada carta de vinos y por la selección de quesos y patés.
Carrer de Sant Pau, 128.
La familia Roca lleva dando de beber y proporcionando un lugar de encuentro a la juventud barcelonesa más exquisita desde 1883. Hoy, además, ofrecen desde música en directo, jazz al rock hasta canción de autor.
Nou de La Rambla, 34.
En la actualidad, cerca del 95% de los kilómetros que recorren los trenes de Renfe lo hacen alimentados con energía eléctrica de origen 100% renovable.