E S P E C I A L A R T E S A N Í A E N E S P A Ñ A
España,
un territorio
moldeado con
las manos
Tornos, bastidores, yunques... Barros, sedas, hierros, maderas... Recursos de un trabajo artesano que surge en la intimidad y se expresa con cadencia pausada. Un saber hacer que ha permitido construir un relato colectivo ligado al paisaje y la identidad.
Texto: PACHO G. CASTILLA
Creatividad y memoria. argumentos que, en esta tierra y generación tras generación, unen a ceramistas y labranderas.
“La cerámica es, en realidad, un archivo visual de la historia de Talavera de la Reina”. Lo señala el arquitecto de interiores Tomás Alía, embajador de esta técnica de fabricación artesanal declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Y es que, a lo largo de más de cinco siglos –y “haciéndose prácticamente de la misma manera, sin interrupciones, algo muy poco común en Europa”, apunta Alía–, la evolución cultural y social de esta ciudad y su entorno se ha plasmado en platos y azulejos de loza esmaltada: desde “la herencia andalusí y mudéjar, muy clara en las geometrías, los ritmos decorativos y el uso del azul” hasta “la influencia renacentista italiana y flamenca en los siglos XVI y XVII, con escenas figurativas, paisajes, grutescos y escudos”.
Una memoria ligada también al territorio a través del barro y el agua del río Tajo y por “los motivos decorativos que hablan del paisaje, de la flora y de la fauna”. Además, “los talleres y hornos siempre han formado parte de la vida urbana y social de la ciudad”, apunta este interiorista de Lagartera. En este pequeño pueblo de Toledo también nació su madre, Pepita, embajadora y guardiana de un legado lagarterano unido al bordado de labranderas que han logrado, con aguja, exquisitez y paciencia, que su Labor de Lagartera fuera declarada Bien de Interés Cultural, e inspirase, de paso, a grandes nombres de la moda como Balenciaga, Fortuny, Galliano, Oscar de la Renta o Lacroix.
La cerámica de estilo talaverano usa “vidriado estannífero, que da ese blanco, opaco y ligeramente cálido, sobre el que luego se pinta”, dice Tomás Alía.
El traje de lagarterana destaca por la calidad de los tejidos y sus bordados.
El trabajo de las labranderas
de Lagartera, en Toledo, ha
inspirado a diseñadores de moda
En La Granja, la voluntad de un monarca y el talento de maestros vidrieros consolidaron una artesanía centenaria.
El vídrio soplado es un método
ancestral que en La Granja se
emplea desde hace tres siglos
Real Fábrica de Cristales de la Granja.
La tradición cristalera de La Granja de San Ildefonso surgió, en parte, debido a cierta ambición de poder del primer rey Borbón de España, Felipe V, quien decidió instalar en esta localidad segoviana su residencia veraniega, inspirándose nada menos que en Versalles. En principio se trataba de un pequeño horno que fabricaba espejos y vidrios planos para ventanas de edificios y carruajes. Pero pronto el monarca decidió que vinieran maestros franceses y obreros alemanes para así no depender tanto del cristal fino y de lujo que se importaba de Bohemia, Francia o Venecia. Ya en 1770 se levantó todo un edificio que, con el tiempo, fue declarado Bien de Interés Cultural “por su autenticidad en cuanto a arquitectura industrial del siglo XVIII”. Hoy en día, esta Real Fábrica de Cristales alberga un museo, una escuela y un centro de producción que mantienen las artesanales técnicas del vidrio. Tradiciones como la del soplado con caña hueca, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un método inventado en el siglo I a.C., aquí se utilizan desde hace tres siglos.
Real Fábrica de Cristales de la Granja.
La capital de la comarca del Baix Empordà, en Girona, es uno de los grandes referentes del oficio ceramista en Europa.
‘Tres cuartas partes de cielo por una de tierra’. Es la proporción –aseguran– que respetan los artistas de l’Empordà (Girona) cuando deciden plasmar el horizonte que les inspira. Bajo este “paisaje que tiene la medida del hombre”, como decía el escritor catalán Josep Pla, y a los pies del macizo de las Gavarres, se encuentra una localidad que, en torno a la cocción de la arcilla roja de la zona, atesora una tradición artesana que se remonta a 1511: La Bisbal d’Empordà. Allí, esos primeros cántaros y ollas de barro propios de la alfarería doméstica evolucionaron, durante los siglos XIX y XX, a una diversa producción industrial de piezas (baldosas, revestimientos, piezas arquitectónicas, objetos utilitarios...) que salpicó el paisaje de chimeneas de fábricas. Es el caso del más antiguo centro productivo de cerámica de la ciudad, fundado en 1928, donde actualmente se ubica el Terracotta Museu de Ceràmica. Gracias a sus más de 50 profesionales, esta localidad del Baix Empordà acoge actualmente el mayor número de artesanos de Catalunya, después de Barcelona, que se concentran, sobre todo en Carrer de l’Aigüeta, donde están la mayoría de las tiendas de cerámica y alfarería de la ciudad. Además, esta es una de las ocho ciudades artesanales europeas reconocidas por el World Crafts Council (WCC) y este año acogerá la tercera edición de la Terracotta Biennal (terracottabiennal.cat).
Diego Sampere (samperebarcelona.com) crea artesanalmente vajillas como antiguamente, con gres, “esmaltado manual y las altas temperaturas de cocción (1.260ºC)”. Piezas presentes en más de 50 restaurantes con estrellas Michelin, como Disfrutar (Barcelona) o Ababol (Albacete).
La historia y la tradición artesanal han convertido la ‘txapela’ en una prenda identitaria con fuerte carga simbólica.
Aunque hay quien cree que fue el mismísimo Rembrand quien inspiró la boina vasca, la Gran Enciclopedia Vasca lo deja claro: el antecedente de la txapela se encuentra en “prendas del tocado imperante en el siglo XVI en la Europa central”. Sin embargo, fue un general carlista, Tomás de Zumalakarregi, quien la popularizó, y a quien, en buena medida, se debe su nombre, ya que sus hombres eran conocidos como ‘txapelgorris’ –‘txapela’ (boina o gorra) + ‘gorri’ (rojo), en euskera. Apenas un par de décadas después de la muerte del carismático militar, surgieron las primeras fábricas destinadas a su confección, como La Casualidad, en 1858, que, con el tiempo, pasaría a llamarse Boinas Elósegui (Avda. Pamplona, 10, Tolosa). Una boina convertida en símbolo cultural y cuyo proceso artesanal se ha mantenido por encima de todo.
De hecho, dejarla ‘capona’ –es decir, cortar la ‘txertena’, el pequeño rabito que tiene en el centro– se consideraba una ofensa que podía terminar en un duelo. Y hasta la forma de llevarla define una identidad. De ahí aquello de... “Que no somos de aquí, que somos de Bilbao, y por eso llevamos ‘txapela’ a medio lao”.
En esta tierra de hierro y herreros, la forja se ha reinventado a lo largo de los años para explorar todas sus aristas creativas.
Desde la comarca de las Cinco Villas, adonde en el siglo XVI llegó la influencia del foco artesanal de Sangüesa, en Navarra, hasta las tierras de Albarracín, ricas en minas de hierro y abundantes recursos forestales, la forja ha impregnado durante siglos el territorio aragonés. Aunque el trabajo de los artesanos del hierro —realizado con la ayuda del fuego, el martillo y el yunque— ha ido, y de forma reiterada, más allá de su función meramente utilitaria para convertirse en una auténtica expresión artística. Y así, la forja turolense tuvo, a principios del siglo XX, un papel relevante en el desarrollo de la arquitectura modernista de Aragón, claro, y de Barcelona, gracias a, entre otros, el herrero y artista Matías Abad Civera, quien dejó su huella en edificios como la Casa Bayo (Plaza Bretón, 7, Teruel). Junto a él, las crónicas hablan de Manuel Tolosa Sábado, quien, junto a su padre, Carlos Tolosa Pobo, realizó las verjas de entrada a la Basílica del Pilar. Una tradición centenaria que se renueva ahora con artesanos como Pablo Valdelvira, Gema Bazán, Luis Albiac, Ángel Alejos o Fernando Calvo.
Extraordinaria precisión y riqueza material definen una de las tradiciones artesanas más sofisticadas de España.
Entre bastidores y brocas, y en su taller sevillano, Paquili lleva al límite una artesanía ancestral de bordados en oro, extendiendo su visión desde el ámbito sacro y cofradiero hasta las grandes firmas de moda y decoración.
“Si tardamos cuatro años en
hacer un manto de una
Virgen, no vamos a usar
elementos que quiten
valor a la pieza”
“En los siglos XIV y XV, los talleres de bordados de Sevilla eran de renombre en toda España”, recuerda el maestro bordador Francisco Carrera Iglesias, ‘Paquili’ carreraiglesias.es). Sobre todo, gracias al exclusivo bordado a realce, realizado con relieve, íntimamente ligado a la Semana Santa y a la ornamentación sacra. Siglos después, “se sigue haciendo con hilos de oro fino”, además de usar tejidos de calidad como terciopelo, seda, perlas, pedrería fina engarzada...
“Si tardamos hasta cuatro años en terminar un manto de una Virgen, no vamos a utilizar elementos que quiten valor a la pieza”, dice Paquili, quien ha colaborado con, entre otros, Loewe (“empecé con ellos hace 40 años”), Balenciaga, el ilustrador Nigel Peake o el interiorista Sebastian Herkner. “Las firmas de moda y decoración saben que la artesanía es una apuesta segura por su gran nivel y riqueza”, asegura.
La madera de los bosques cántabros y la identidad rural de esta tierra han permitido crear un rico punto de encuentro entre antiguos oficios, celebraciones populares y las nuevas formas de expresión de los artesanos contemporáneos.
El valle de Liébana es un foco destacado de talla de madera
La talla de madera es parte del ADN de los montes cántabros; presente en las albarcas (en la imagen, derecha), como las de los artesanos de la montañesa Carmona –“la flor de los albarqueros”– y que ahora crea Rafael Cossío en su taller en La Viesca, quien protagoniza el corto documental ‘Retrato de un albarquero’. También en los jermosos o ‘jermosus’, voz que en Cabuérniga describía al recipiente de madera tallada destinado “al ordeñe de vacas y a la natación de la leche”, como señala el arqueólogo Hermilio Alcalde del Río en Escenas cántabras. O en esos rabeles de nogal que han acompañado, desde la Edad Media, al pastoreo en los valles de Campoo y Polaciones. Pero también la cestería que surgía del avellano de las montañas de Somballe, o los hórreos de madera de roble, como el de Cosgaya, del siglo XVI, Bien de Interés Cultural. Y hasta el ‘palu’ de avellano blanco de los Valles Pasiegos. La madera ha sido la seña de identidad de la vida rural y las tradiciones de Cantabria. Y uno de los principales focos era y sigue siendo el valle del Liébana. En su corazón se encuentra Piasca, localidad lebaniega que mantiene ciertos modos de vida tradicionales y una emblemática celebración: la mascarada de su Carnaval. Y entre sus paisajes verdes, explotan iniciativas como la de Jatera Cerámica – jateraceramica.art– (en la imagen, izquierda), que, a través de su cerámica botánica, no solo estampan en sus piezas helechos, tréboles o hinojos del valle, también expresiones populares y proverbios lebaniegos.
Más que una técnica artesanal, en Camariñas el ‘encaixe’ de bolillos es un puente entre generaciones y un emblema de la identidad gallega.
En torno a la delicadísima labor artesanal del ‘encaixe’ de bolillos de Camariñas se articula todo un glosario que empezó a formalizarse en el siglo XVII. Términos como ‘almofada’, ‘entredous’, ‘nutridos’, ‘palillar’ o ‘picadoira’ que describen una manera de hacer pero también una forma de vivir. Una actividad pausada y compartida, entre generaciones, durante el trabajo colectivo, en esas palilladas que surgieron ya en el siglo XIX durante las noches de invierno a modo de transmisión cultural y vínculo social. Un patrimonio que lleva “el nombre de la poética villa de las rías altas” aunque lo trasciende para alcanzar a, sobre todo, Muxía o Vimianzo. Como dice Xosé Filgueira Valverde, esas “rendas [...] constituyen hoy, con las lozas de Sargadelos y los ‘gravados santiagueses’, el sello de aprecio a lo propio”.
Junto con el británico, extraído en la localidad de Whitby, el azabache de la franja jurásica de Asturias está considerado el mejor del mundo debido a su brillo y la facilidad de pulido.
Escaso pero cargado de poderes mágicos desde la época romana, el azabache ha dado origen a un singular foco artesanal en la Franja Jurásica asturiana.
Algo de heroica tiene la labor artesanal de esos asturianos que han forjado su identidad en torno al azabache: “un tronco, un árbol del periodo Jurásico desfosilizado bajo el agua con impregnación en hidrocarburos que acceden por las raíces, impermeabilizan el material y le dan estabilidad”, precisa el azabachero Ángel Perez (@maria.perez.azabache). En torno al conocido como tesoro negro de Villaviciosa, existe toda una cultura, declarada Bien de Interés Cultural, que se encuentra en vías de extinción, por la escasez de artesanos... y de materia prima –“las minas llevan cerradas más de cien años”, apunta. Una lucha la que se suma la competencia de un lignito que intenta suplantarlo, aunque, a diferencia del azabache, “tiende a descomponerse de manera natural”.
De los paños de rudimentarios talleres artesanales a una empresa de renombre mundial. Sí, la historia de Ezcaray es, ante todo, textil.
El año pasado, la red ‘Best Tourism Villages’ (Mejores Pueblos del Mundo) de ONU Turismo incluyó en su lista un destino español: Ezcaray. Aunque, desde hace mucho tiempo, los ojos de medio mundo ya estaban puestos tanto en esta villa como en su comarca, el Alto Valle del Oja. Y es que, desde el siglo XV, cardadores, tundidores, tintoreros y tejedores asentaron aquí —y en Los Cameros— una tradición textil y pañera, que alcanzó su punto álgido con los 40 telares de la Fábrica de Paños y Lavadero de Lanas de Villoslada de Cameros y con la Real Fábrica de Paños de Santa Bárbara, fundada en Ezcaray en 1752. Esta intensa actividad industrial languideció en el tránsito del siglo XIX al XX. Hasta que en 1930 retomó el legado Cecilio Valgañón, artesano o pelaire, como se denominaba a quienes preparaban la lana para ser tejida y, en su recuerdo, a los de Ezcaray. Valgañón elaboraba manualmente estameñas y paños en sus telares, hasta que descubrió en Madrid una fibra natural que marcaría un antes y un después: el ‘mohair’. A partir de 1950, este material se convirtió en seña de identidad de una marca de fama internacional que hoy gestionan sus nietos: Mantas Ezcaray.
Cada pieza que moldea en su taller de Manises Artura Mora “se pinta a mano alzada y se somete a la delicada tercera cocción en reducción” con el objetivo de “conseguir los característicos destellos dorados y cobrizos”.
La técnica del reflejo metálico recorrió medio mundo hasta llegar a Manises, en Valencia, para convertirla en referente mundial de la cerámica.
La cerámica en Manises tiene siglos de historia y espíritu viajero. Y para seguir sus pasos hay que trasladarse al siglo IX, a Bagdad, donde surgió la singular técnica del reflejo metálico que caracteriza a esta artesanía, recuerda Arturo Mora (reflejometalico.com), descendiente de una saga de ceramistas que se remonta al siglo XVIII y Premio Nacional de Cerámica en 2014. Desde orillas del río Tigris llegó, en el siglo XIII, hasta Málaga y Murcia durante la época de Al-Ándalus y se fortaleció en Manises a principios del siglo XIV, “con la ayuda de maestros ceramistas llegados desde el reino nazarí de Granada”. Una labor que pronto fascinó a las cortes y los palacios europeos. Y gracias a la cercanía al puerto de Valencia, “durante el siglo XV Manises se consolidó como el principal centro productor de loza dorada en Europa”, precisa Mora. El ‘impasse’ surgió tras la expulsión de los moriscos en 1609 y la competencia de otros focos artesanales como Talavera de la Reina, Sevilla o Cataluña. Pero tanto el Romanticismo como el movimiento historicista recuperaron la fascinación por el arte oriental, rescatando la técnica del reflejo metálico y devolviendo a Manises un lugar destacado que se consolidó en 2021 con su inclusión en la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO.
En el siglo XV Manises ya fue
el principal centro productor
de loza dorada en Europa
En torno a una fiesta ecuestre, en Caravaca de la Cruz se ha construido un rico patrimonio que habla de “soberbios mantos” elaborados con diferentes técnicas tradicionales heredadas.
De origen medieval, los Caballos del Vino se celebra en Caravaca de la Cruz (Murcia) los primeros días de mayo. Una fiesta ecuestre declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, quien, entre otras razones, argumenta su decisión por los enjaezamientos, realizados, señalaba, “con soberbias capas bordadas de seda y oro”. “Cada año se realizan 60 enjaezamientos nuevos”, apostilla Antonio José Egea López, de Bordados Caravaca de la Cruz (bordadoscaravacadelacruz.com), “lo que garantiza su riqueza y diversidad”. Una fiesta que, además, “valoriza la camaradería y la solidaridad”, continuaba la UNESCO. Al igual que los bordados que, según Egea, “integran a gran número de personas desde su diseño hasta su finalización. Y no solo en las propias peñas caballistas, también en la ciudad”.
Bordado en seda, en oro o en cristal y pedrería. Son las principales técnicas que se utilizan en Caravaca de la Cruz para el enjaezamiento de los caballos.
Los Caballos del Vino
premian los mantos
más bellos
Al amparo de los bosques de castaños del norte de Cáceres, o a orillas de las cuencas del Tajo y Guadiana. Aquí la naturaleza regala la materia prima de una profesión que hoy languidece.
Tan solo queda un artesano del mimbre de Extremadura (apenas una docena en España). Su nombre: Eduardo Pablos, quien aprendió de su padre el oficio, y sigue ejerciéndolo en Huerta de Ánimas (Cáceres). Aún recuerda aquellos cesteros de Baños de Montemayor que utilizaban, como tradicionalmente se hacía, el castaño, frente al mimbre que ahora Pablos usa. También conserva no pocas anécdotas de su padre, a quien define como “artesano nómada”, y que, en los años 50 y 60 –acompañado de sus navajas y punzones y junto a pieleros, relojeros y ‘alañaores’ (que arreglaban los pucheros)–, “recorría los pueblos de La Villuerca y Los Ibores”, ya que en las zonas húmedas había mimbres. “La gente tenía sus mimbreras, las podaba para sacar las varas de mimbre y mi padre les hacía lo que quisieran”, rememora.
Todos confluyen aquí, también los más variados argumentos creativos, aunque siempre con un necesario plus de innovación.
Orfebres de Italia, Alemania o Portugal hicieron, del siglo XVI al XIX, brillar la platería madrileña, confirmando que este es un territorio sin fronteras. Mientras, la rejería renacentista reafirmó, también en Madrid, que la creatividad artesanal no conoce límites. Esa ambición de explorar nuevos territorios creativos, que en esta región parece norma, contagia el trabajo de la ceramista Sandra Renye (renye.es), quien, desde Hoyo de Manzanares, y a través de su cerámica orgánica, explora el potencial de la artesanía para generar experiencias novedosas y emocionantes. Piezas únicas, esmaltadas a fuego, “diseñadas para contar historias y transmitir emociones”, señala, y que adquieren pleno sentido en vajillas para restaurantes como Rhudo, Smoked Room (ambos en Madrid) o StreetXO Dubai.
Convertida en ritual imprescindible en las fiestas de San Fermín, la bota de vino reúne tradición (en su elaboración artesanal), celebración (en su uso) y literatura (en forma de fuente de inspiración).
“Dentro olía a cuero recién curtido y a brea caliente. Un hombre estaba estampando odres de vino terminados”. En su novela ‘Fiesta’, Ernest Hemingway narraba de esta forma su visita a la tienda y fábrica Las Tres ZZZ (Puente de Miluce, 6, Pamplona) para adquirir dos botas de vino: de tres y cuatro litros, concretamente. Beber en bota es un ritual obligado en las fiestas de San Fermín. Y también, claro, lo era para el escritor. Aquel establecimiento que menciona surgió, en realidad en 1873 con el nombre de Botería Eusebio Iglesias, quien, cuando se jubiló, dejó el negocio en manos de su socio, Gregorio Pérez, quien decidió cambiar el nombre en honor a sus hijas trillizas. Sus descendientes siguen usando piel de cabra, curtida y trabajada a mano, para su elaboración, y aplicando pez natural de resina de pino para así proteger el cuero. La bota sigue siendo referente festivo, obvio, cargado, eso sí, de no pocas connotaciones literarias. Y es que no solo Hemingway lo usa como recurso, también se prestaron a ello Homero... o Cervantes: “Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino”.
La circulación diaria de todos los trenes de Renfe evita al año 5,7 millones de toneladas de CO2, lo que repercute positivamente en desarrollo saludable de la sociedad.