Madrid,
tras la corriente
neocastiza
Mantones, chalecos y parpusas que se revisitan al calor de las verbenas. Culto al ‘terraceo’ y a las barras de metal. Una nueva generación de creadores está adaptando a códigos contemporáneos el imaginario popular de “la cuna del requiebro y del chotis”.
Texto: PACHO G. CASTILLA
Los vecinos de la calle del Oso, en el barrio de Lavapiés, cuelgan mantones y guirnaldas en los balcones de sus casas durante las fiestas de San Cayetano.
En la fachada de una taberna de 1907 (El As de los Vinos –o la Casa de las Torrijas–), Sofía Nieto y Arancha Rodrigálvarez (Carmen17) posan con diseños de la colección Chulapeo, que ambas comenzaron a hacer en 2019.
Escribía Miguel de Unamuno que en España llamar “castizo” a un escritor era considerarlo más español. El concepto arraigó en la capital, y a finales del XIX se empezó a hablar de un “casticismo madrileño” como respuesta a aquello que llegaba de fuera. Aunque más que una cuestión de pureza, de apelar a lo genuino –algo difícil de sostener en una ciudad donde ser ‘gato’ (léase, el madrileño de varias generaciones) es casi una excepción–, la idea tomó forma en ese “Madrid jaranero” que retrató Carlos Arniches: un mundo de verbenas, organillos, chulapos y ‘manolas’ que el género chico convirtió en estereotipo. Hoy, ese Madrid castizo se reivindica por artesanos, músicos, diseñadores, cocineros, artistas... “Me gusta pensar que estamos abrazando nuestras raíces fuertemente y que disfrutamos de nuestras tradiciones adaptadas a las nuevas realidades”, asegura El Chico Llama (elchicollama.com), ‘alter ego’ de Javier Navarrete, ilustrador de Carabanchel que en su trabajo incorpora “personajes ataviados con trajes de chiné, parpusa y mantón de Manila, pero en zapatillas, con gafas de sol, móvil o riñonera”.
Los integrantes del grupo La Paloma. quienes reconocen que muchas de las cosas que cuentan en sus canciones suceden en su madrileño barrio: Tetúan.
“Queríamos ver luz de farolillo, oír rumor de verbena y sentir el corazón arrebatado saltar fuera del pecho durante las fiestas de nuestro pueblo”. De esa imagen surgió ‘Chulapeo’, la colección que crearon Sofía Nieto y Arancha Rodrigálvarez, fundadoras de Carmen17 (carmen17.com), en su ‘atelier’, y que se nutre de “vestidos de chulapa a medida, faldas, blusas, chalecos...”. Un código estético que en los últimos años ha vuelto a inundar –entre limonadas y rosquillas listas y tontas– la Pradera de San Isidro cada 15 de mayo, fiesta del patrón de Madrid. La escena no es nueva. Ya en 1788, Goya inmortalizó este escenario retratando la romería junto a la ermita del santo. Y en el siglo XIX, estas celebraciones definieron el imaginario festivo de la ciudad. Una estampa que se traslada a los jardines de Las Vistillas, y se repite en la trilogía lúdico-castiza —las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma— que cada agosto se asoma al entorno del Rastro, baja a ese “riñón del Madrid castizo”, como Arniches describía Lavapiés, terminando en La Latina.
En el Barrio de Las Letras, La Fragua de Vulcano, una taberna típica madrileña situada en el popular callejón del Gato (calle de Álvarez Gato), en cuya fachada se evidencia una singular muestra de azulejo artesanal.
“La cotidianeidad de la vida en el barrio es lo más inspirador si hablamos de la influencia de Madrid en nuestra música”, aseguran los miembros de un grupo cuyo nombre remite a una más que popular verbena madrileña, La Paloma, y se hicieron famosos con un tema, ‘Bravo Murillo’, cuyo videoclip refleja el castizo barrio de Tetuán y una de las estampas más reconocibles de la ciudad: sus terrazas.
Lo castizo se mantiene tomando un vermú en Casa Camacho (San Andrés, 4) o disfrutando de una tortilla de patatas en La Ardosa (Colón, 13).
Sí, el ‘terraceo’ define Madrid desde que en 1870 surgió en el Pasaje de Matheu, a tanto solo unos pasos de la puerta del Sol, siguiendo, todo hay que decirlo, una costumbre francesa. Una tradición que desarrolla y convive con “bares de toda la vida que conservan su esencia, y siempre están abarrotados de gente, con servilletas en el suelo y vasos de cañas en las barras, buena comida y su gente”, aseguran Carlos Monje y Néstor López, propietarios de Fisgón, restaurante, también en Tetuán (Edgar Neville, 39), que reinterpreta los callos o la sopa castellana. Bares que ayudan a consolidar esa “esencia de barrio” que “de lunes a viernes, todavía permanece algo intacta si caminas por Las Letras, La Latina, Cava Baja o Lavapiés”, dice Abe The Tape (abetheape.es), proyecto de Abraham Menéndez, ilustrador de Gijón que, como tantos venidos de fuera, ha hecho de Madrid su ciudad, y quien destaca la “carga simbólica de las corralas, las tabernas con sus fachadas azulejadas o esos rótulos de tipografía imperfecta que te anuncian bocadillos de calamares o croquetas”.
El ilustrador Abe The Tape (Abraham Menéndez), asegura que, pese a que en Madrid “hay zonas que han perdido su esencia en pos de una modernidad”.
Héctor Medrano, hijo de los dueños de la sombrerería Medrano (Imperial, 12).
Carlos Monje y Néstor López dan una vuelta de tuerca a la cocina tradicional madrileña en el restaurante Fisgón (Edgar Neville, 39).
“Comercios intactos en estilo y forma de servicio el público”, continúa Menéndez, como Sombrerería Medrano (Imperial, 12). Su actual dueño, Héctor Medrano, alude a cómo su clientela no ha sido siempre fiel a las gorras de chulapo en los dos siglos de vida de este negocio. Aunque ahora “el público, mucho más concienciado con el consumo local, ha vuelto a consumir una gorra de calidad, con la forma clásica de toda la vida y a muy buen precio, fabricada en España de manera artesanal”. Una centenaria sombrerería que, en su día, tuvo que hacer frente a la competencia de la fabricación china, y que ahora lidia con las leyes que imponen “Google o ChatGPT”. Por suerte, la Generación Z ha convertido TikTok en un auténtico “refugio” del casticismo madrileño.
La iglesia de San Isidro a través de uno de los arcos de la Plaza Mayor de Madrid.
Además de “tomarse un buen vino de jerez y unas ‘tapillas’” en La Venencia (Echegaray, 7), Carlos Monje y Néstor López recomiendan “rincones” muy típicos, como La Casa de los Minutejos (Antonio de Leyva, 19), la cervecería La Paloma (Toledo, 85) o Bar Sidi (Colón, 15); clásicos, como Sacha (Juan Hurtado de Mendoza, 11), La Bien Aparecida (Jorge Juan, 8) o Casa Dani (en el mercado de La Paz), junto a direcciones más actuales, como La Caníbal (Argumosa, 28), Lalópez (Mercado de Antón Martín) o In-Pulso (Ariel, 15).
Cápsula en el tiempo
En opinión de Abe The Tape, en Madrid aún se mantiene “una especie de cápsulas del tiempo que resisten entre Starbucks, McDonalds, tiendas de muñecos Kawaii y restaurantes tendenciosos en busca de su estrella Michelin”. De ahí que recomiende, comprar en Almacén de Pontejos (Correo, 4), Droguería Riesgo (Desengaño, 22), Fieltros Ollero (Plaza del Comandante las Morenas, 5) o Capas Seseña (Cruz, 23).
En la actualidad, cerca del 95% de los kilómetros que recorren los trenes de Renfe lo hacen alimentados con energía eléctrica de origen 100% renovable.