La Casa de la Memoria, edificio que albergó las antiguas caballerizas del Palacio de la Condesa de Lebrija, rehabilitado y convertido en centro cultural.
Panorámica de la ciudad desde el monumento Metropol Parasol, conocido popularmente como las Setas de Sevilla.
Sevilla, el tópico
que se pule,
renueva y ensalza
El flamenco de artistas emergentes resuena en unas caballerizas del siglo XVI, una hermandad prístina de esclavos negros se actualiza y un restaurante pasa los ingredientes del pueblo por el tamiz de la alta cocina. En la capital andaluza, lo tradicional se perfecciona.
Texto: CLAUDIA VILA GALÁN
Luna Medina, coordinadora y responsable de marca en el hotel Las Casas de la Judería.
Un niño de otra ciudad se asustaría al ver a los nazarenos: sus túnicas hasta los pies, capirotes en punta y los cirios como bastones. En Sevilla, no. Los pequeños se acercan y les piden un caramelo o un poco de cera para hacer una bola. Son sus costumbres, un juego. “Aprendes desde pequeño a vivir la hermandad”, dice Gabriel Morales, secretario segundo de la hermandad Los Negritos, una de las más antiguas de la ciudad. La tradición andaluza puede resultar extravagante, pero la ciudad mantiene la armonía entre respetarla y renovarla.
Las cofradías sevillanas –las hermandades que hacen estación de penitencia a la catedral– tienen un recorrido más amplio que el que siguen en Semana Santa. “Es nuestra pequeña patria”, reconoce el sevillano sobre la complejidad de explicar la sensación de pertenecer a una agrupación como la suya, con más de seis siglos. Por eso, invita a visitar su sede (Recaredo,19), una aproximación a su idiosincrasia. Morales dirige las visitas guiadas durante todo el año. Su interés no solo es religioso, sino cultural. “Podrán ver a un Cristo de más de 600 años, cuadros, enseres antiguos o la historia de la hermandad”, describe.
Sus inicios fueron muy particulares. Se fundó para dar amparo en el hospital de los Ángeles a personas negras esclavizadas hacia 1393, casi un siglo antes de que Cristóbal Colón pusiera un pie en América. Muchos de los 2.300 hermanos han heredado la emoción. El nieto de Morales es el quinto Gabriel de su familia que se ha sumado, y él ya ha cumplido los 28 años como integrante. Pero insiste en el peso de los aires nuevos, con un grupo joven que tiene sus propios estatutos. También continúan con su compromiso social. Colaboran con organizaciones que acogen a las mujeres que sufren lo que Morales llama “la esclavitud moderna”, la trata de personas.
El Centro Cerámica Triana, un conjunto alfarero que se construyó en el antiguo complejo que albergó la empresa Cerámica Santa Ana-Rodríguez Díaz.
Sevilla mira sin complejos sus tópicos, los pule y ensalza. En el centro cultural flamenco Casa de la Memoria (Cuna, 6) trabajan desde los orígenes, como narra su gestora cultural y directora artística, Esther Caballero: “Antes de transformar el flamenco, hay que aprender sus raíces, la tradición, el sentimiento. Es un lenguaje propio, y está vivo”. El tablao se encuentra en una casa del siglo XV. En su primera planta, la sorpresa: una sala donde se exponen obras pictóricas, abanicos, mantones o maquinaria para mostrar los ritmos musicales. “Cada rincón está cuidado”, cuenta sobre un proyecto que ha cumplido 26 años con la pulsión de dejar un legado para el flamenco y para la ciudad.
A diario, sobre las siete y media de la tarde, comienzan los espectáculos... como antaño: sin amplificación ni artificio, en acústico. Con los artistas desnudos ante el público. “La palabra intimidad era necesaria”, sostiene Esther Caballero. Ella se encarga de buscar a artistas emergentes y brindarles el escenario para que desarrollen su talento. Lo ha descubierto en guitarristas como Salvador Gutiérrez, bailaores como Adela Campallo y cantaores como Quini de Jerez, entre otros.
Los nazarenos de la hermandad Los Negritos, que procesionan el Jueves Santo.
Sevilla es una ciudad borboteante en la que las artes sigilosas también han aflorado, como la tradición alfarera. El Centro Cerámica Triana (Callao, 16) surgió en 2014 para reivindicar su historia: en un laberinto de hornos de cocción y espacios antiguos de una fábrica, el visitante puede acercarse a cómo se producía la cerámica en talleres de inicios del siglo XX, como Mensaque, Montalván o Ramos Rejano.
El doctor en Historia Moderna y guía turístico en Toledo Felipe Vidales.
El desayuno andaluz tiene gusto a molletes con aceite y azúcar. También son clásicos los churros, los ‘calentitos’. En la Cafetería Virgen de los Reyes (Luis Montoto, 131) los sirven crujientes, en la bandeja de aluminio y acompañados de una taza de chocolate que elaboran allí. La repostería local se disfruta en la confitería La Campana (Sierpes, 1, 3): las yemas sevillanas, los tocinitos de cielo o la tarta de piñones.
Exterior de la confitería La Campana, ubicada en la céntrica calle Sierpes.
El sabor de Sevilla es el del puchero, el ajoblanco, los guisos de rabo de toro, los huevos fritos con espinacas y el montadito de pringá. Son los platos que elabora Juan Carlos Ochando, quien armó hace tres años y medio un restaurante en Los Rosales. “Volvimos al pueblo para estar cerca de la familia, y abrimos sin pretensiones”, admite. Pero el año pasado Ochando (Av. Sevilla, 78) ganó su primera estrella Michelin. El chef alterna comidas contundentes y pequeños bocados reinterpretados con unos precios “económicos”: “Ofrecemos lo que se hace en la tierra pasado por el tamiz de alta cocina”. Son el resultado de una temporalidad absoluta y algo de improvisación. Ochando explica que atienden, por semana, a menos de 80 clientes, que pueden escoger uno de los dos menús o carta. “Mi objetivo es que les haya merecido la pena hacer los 40 minutos en coche, que se sientan como en casa”, resume.
Juan Carlos Ochando, chef que ha vuelto a su tierra para abrir un restaurante en Los Rosales, una pedanía de Tocina (Sevilla).
Esther Caballero, gestora cultural y directora artística de Casa de la Memoria.
En Sevilla, manda la tradición de comer los churros recién hechos, de ahí su nombre: calentitos.
Sevilla también invita a que el visitante se traslade dentro de la misma ciudad a otras épocas. Es la sensación que produce pasear por las calles del centro al anochecer. “La mejor hora, sin el bullicio de los turistas”, reflexiona Luna Medina, encargada de marketing de Las Casas de la Judería (Sta. María la Blanca, 5). Con sus 134 habitaciones, 27 casas conectadas y 40 patios, hay quien aquí se pierde. “Parece un barrio dentro de un barrio”, describe. Su padre, Ignacio Medina —duque de Segorbe—, levantó el hotel casa por casa desde 1989. “Es la Sevilla tradicional, pero cuidada”, describe su hija. No es necesario hospedarse para contemplar el decorado del siglo XVIII y los salones con techos mudéjares tardíos. Uno puede disfrutar de la música en vivo en el piano bar o contratar una visita guiada a ese laberinto. Los visitantes se sorprenden con el silencio que se mantiene en el complejo. El único sonido es el de sus fuentes. Cuenta Medina que retiene la esencia de ciudad que ya casi no existe: “Aquí sigue viva. Quienes vienen quieren ver esa Sevilla tradicional que estamos manteniendo”.
La Sevilla que emerge, la que se refresca.
Piscina en la azotea del hotel Las Casas de la Judería, desde la cual se ve la Giralda.
Respeta la imagen de 1885, cuando la fundó Antonio Hernández Merino. Especializada en confitería tradicional, elabora merengues, las tortas de polvorón, las lenguas de almendra, las yemas sevillanas. También delicias estacionales, como las torrijas, los roscos de reyes y los ‘panellets’.
Sierpes, 1, 3.
Famosa por su chocolate con churros y ubicada en el Hotel Virgen de los Reyes, situado en plena zona comercial de Nervión. Es uno de los establecimientos más tradicionales de la ciudad para desayunos y meriendas.
Luis Montoto, 129.
Pionera en el concepto de tapeo dulce, con opciones como su tarta milhoja (hojaldre caramelizado con mantequilla, crema muselina de vainilla y ‘chantilly’ mascarpone). Con establecimientos en Triana, la Plaza del Duque, Nervión y Sanlúcar la Mayor.
En la actualidad, cerca del 95% de los kilómetros que recorren los trenes de Renfe lo hacen alimentados con energía eléctrica de origen 100% renovable.