Sus ruinas romanas y su privilegiado emplazamiento como balcón del Mediterráneo promueven una seductora imagen de postal. Detrás de ella, se escribe el relato de una ciudad sin prejuicios que siempre encuentra razones para celebrar.

 

Texto: Miquel Echarri
Fotos: Escoda & Castellet

“Tarragona, la bribona”. La frase es de origen incierto, pero se ha hecho un hueco en el refranero catalán, tal vez porque refleja a la perfección la imagen que de esta tierra han tenido siempre sus vecinos: una ciudad alegre, desprejuiciada, de un hedonismo feliz. Otros refranes apuntan a que en Tarragona hay sol, buena pesca y restaurantes de postín. También ruinas romanas, como corresponde a una urbe fundada en torno al 218 a.C. por los Escipiones, capital durante siglos de la provincia Tarraconense, con un parque monumental que incluye un anfiteatro, un acueducto, los cimientos de una muralla ciclópea y una excepcional torre funeraria.

Sin embargo, para el escritor Use Lahoz, que acaba de dedicar un libro ilustrado a la ciudad –‘Tarragona. Eterna primavera’ (editorial Tinta Blanca)–, hay mucha Tarragona y mucha arquitectura de primer nivel más allá de la formidable postal romana. Lahoz la describe como una ciudad “con capacidad para sorprender y sobrepasar expectativas” y se queda con sus ‘calçots’ (esa peculiar sublimación de la cebolla tierna), tradiciones como el ‘ball de diables’, su rica escena castellera y, muy especialmente, su arquitectura moderna y contemporánea “con alma”. Edificios como la espléndida Subdelegación del Gobierno (pza. Imperial Tarraco, 3) de Alejandro de la Sota, el Colegio de Arquitectos (Sant Llorenç, 20) de Rafael Moneo o el (ya derruido) Cine Coliseum, de Salvador Ripoll Sahagún, que están entre los preferidos del escritor.

Aunque tal vez la mejor manera de profundizar en el espíritu “bribón” de esa Tarragona distinta sea sumergirse en su rica y diversa vida cultural, su gastronomía y sus barrios. Para Magí Seritjol, gestor cultural y director de Tarraco Viva (el festival romano local, que se celebra todos los años en el mes de mayo), Tarragona cuenta con una tradición popular colorista y de muy amplio arraigo: las fiestas de Santa Tecla, diez jornadas de briboneo y feliz desmadre en honor de una virgen de origen anatolio que se celebran en torno al 23 de septiembre. La muy nutrida comitiva popular (el ‘seguici’) y las agrupaciones ‘castelleres’ contribuyen a convertir esta fiesta, que se remonta a 1321, en un gran acontecimiento participativo al aire libre.

 



Construido a finales del siglo II d. C., en el anfiteatro de Tarraco, situado junto al mar, tenían lugar tanto actuaciones teatrales como luchas de gladiadores.

El ball de diables, una de las tradiciones más arraigadas de Catalunya que aquí se celebra durante las Fiestas de Santa Tecla.

Frontal de la iglesia de Sant Magí, edificio de finales del siglo XVIII situado en el centro histórico de Tarragona.

Sardinadas, motivos para festejar

En palabras de Seritjol, los tarraconenses “se saben reír de sí mismos” y, además, conservan la encomiable virtud de “reunirse en cualquier rincón a celebrarse como comunidad”. Eso incluye un gusto por la gastronomía popular que se traduce en rituales como las sardinadas, esos atracones festivos “de sardinas a la brasa acabadas de pescar, servidas con ajo y perejil”, que son frecuentes en lugares como el Serrallo, el barrio pesquero de la ciudad.

 

Balcones sobre el mar

Detalle del conjunto escultórico con figuras de profetas y apóstoles que se encuentra en la puerta principal de la Catedral de Santa Tecla.

La playa de Tamarit, situada a nueve kilómetros al norte del centro la ciudad, de la que destaca, al fondo, una torre de vigilancia construida en el siglo XVI.

Mientras Seritjol aboga por las esencias marítimas del Serrallo, la poeta Isabel M. Ortega (autora de poemarios como ‘Medusa’ o ‘Runa plena’) se queda con la Part Alta, un entorno de “callejuelas estrechas y silenciosas en las que tienes la sensación de que se ha parado el tiempo”, y también encuentra placeres mundanos en sus paseos por el Moll de la Costa o la playa de Cossis. Ortega cultiva la costumbre, tan tarraconense, de “anar a tocar ferro” (ir a tocar hierro), es decir, acercarse a los miradores y paseos marítimos que asoman la ciudad al Mediterráneo: “Casi todos lo hacemos a diario. Tarragona vive de cara al mar”. Otra tradición que no perdona es el Metre Romescaire, concurso bienal de romesco, esa deliciosa picada de “ajos tiernos, frutos secos, pan frito y pimiento” que con frecuencia acompaña a los ‘calçots’, pero que da lo mejor de sí mismo, dice la poeta, “acompañando un buen pescado y unos vasos de vino rancio”.

Un experto en la elaboración de romesco es Josep Ramon Tules, conocido como Pitu Mosquits, pescador de arrastre jubilado, vecino del Serrallo y entusiasta de la gastronomía popular. Tules sigue muy conectado a la vida lúdica de su barrio, de la que destaca “las sardinadas solidarias, las verbenas en el puerto, los sábados en que se cantan y bailan habaneras en la pérgola o las sesiones de cine al aire libre”. Le entusiasma la Catedral de Santa Tecla, una joya gótica construida en el emplazamiento de un antiguo templo romano que fue también iglesia visigótica y mezquita. Y reivindica un plato con mucho arraigo local, “la ‘espineta amb caragolins’, que es lomo de atún con caracoles y un sofrito en el que cabe un poco de todo, hasta chocolate y coñac”.

Una ciudad de festivales: música, gastronomía...

Durante las fiestas de Santa Tecla, en septiembre, en la plaça de les Cols tienen lugar diferentes actuaciones de las colles castelleres.

Joaquim Mas, casteller, responsable de la programación cultural de la Semana Santa, es firme partidario de la Part Alta, crisol de todas las Tarragonas del pasado, “la romana, la medieval o la modernista”. Su rincón preferido es el bello y silente claustro de la catedral de Santa Tecla, “uno de lo más bellos de Europa”. Oriol Grau, actor, director teatral, guionista y músico, recomienda acercarse al balcón sobre el Mediterráneo de la Rambla Nova, “que permite contemplar toda la ciudad, de la catedral al puerto, desde la cima de un acantilado a 23 metros de altura”.

”. De la oferta cultural autóctona, Grau se queda con el Festival de Teatre de Tarragona (FITT), que tiene lugar a finales de agosto y “se centra en las nueva dramaturgias”. Meses antes, en abril, se celebra, desde 1994, el Festival Internacional de Dixieland, que reúne en la ciudad a centenares de músicos de jazz al viejo estilo de New Orleans.

El responsable de su programación, Jordi Bertran, reivindica la tradición castellera, “la recuperación de las tradiciones locales que ha realizado la ciudad en democracia” y una fiesta de la vendimia, l’Embutada del Vi Novell, en noviembre, “una síntesis del patrimonio enológico, histórico e inmaterial de Tarragona, impulsada, además, por la sociedad civil, sin depender de carcasa administrativas ni de las cuatro caras de siempre” La Tarragona bribona, en opinión de Bertran, da su mejor versión cuando solo depende de sí misma.

 

Personas que hacen que la 'bribona' siga siendo un lugar al que volver

El gestor cultural Magí Seritxol dirige Tarraco Viva, el festival que, desde 1999 y en el mes de mayo, recrea el pasado romano de la ciudad.

La ruta costera de la poeta tarraconense Isabel M. Ortega se detiene por el Moll de la Costa y la playa de Cossis.

El gestor cultural Jordi Bertran es responsable de la programación del Festival Internacional de Dixieland que, desde 1994, trae el mejor jazz a la ciudad.

El actor, director de teatro, guionista y músico Oriol Grau, afincado en Tarragona.

El pescador de arrastre, ya jubilado, y vecino del Serrallo Josep Tules, conocido como Pitu Mosquits.

Desde Barcelona diariamente cerca de 60 trenes de Alta Velocidad o Regionales le acercan a Tarragona en 30 minutos.
Desde Madrid, 10 trenes por sentido van a Camp de Tarragona. Además, Tarragona cuenta con trenes directos desde Murcia, Alicante, València y Castelló y desde Burgos y Valladolid.