Texto: MARIO SUÁREZ
Santa Isabel, 7. amasa.es
Cada apertura que lleva a cabo Proyectos Conscientes es siempre una buena noticia para Madrid. Los creadores de los restaurantes MO de Movimiento y Tramo, ahora incluyen, en su catálogo de negocios sostenibles, inclusivos y responsables, la panadería Amasa. Una propuesta artesanal, como se esperaba, que utiliza masa madre a base de productos ecológicos y en colaboración con pequeños productores locales. Hay repostería, bollería delicada y cafés de especialidad, obvio. Pero, además, el omnipresente estudio de arquitectura Burr, que promueve la rehabilitación del entorno, es el encargado de la propuesta estética del espacio.
Santa Isabel, 38.
Recoge la esencia de los tradicionales tabancos andaluces con una propuesta sorprendente y ¡atención! frituras libres de gluten. Chacinas y encurtidos hechos en casa, molletes, embutidos ibéricos de bellota o salazones ‘premium’. Aquí, todo sabe como en Cádiz.
Plaza de las Cortes, 7 thepalacehotelmadrid.com
Tras una renovación de meses el hotel The Palace se presenta más abierto a la ciudad de la que es emblema. Para ello, su restaurante La Cúpula se ha reformado de manera cuidadosa por Lázaro Rosa-Vilán, con una gran barra central y una carta mejorada. Pero es el exclusivo 27 Club, su coctelería, el espacio que más leyendas esconde. Homenaje a la mítica Generación del 27, recoge el espíritu de cuando se abrió en 1912. Un espacio para tertulias y encuentros entre cócteles, como hacían Buñuel, Dalí o Lorca, del que incluso se expone una carta manuscrita.
Verónica, 4
Pablo Fernández Acera lleva 21 años al frente de este ‘bistró’-castizo que, ahora, aparece renovado por Mikamoka Studio. Paleta de colores en tonos terracota, forja y maderas para una carta que mejora y confirma que el éxito de más de dos décadas no es gratuito.
Texto: Mario Suárez
Carrera de San Jerónimo, 9.
El lujo asiático es el más exquisito, por eso, que abra en la capital un restaurante que recoge toda esa exclusividad estética es noticia. El grupo China Crown anda detrás de esta propuesta firmada por el interiorista Jean Porsche (terciopelos, lámparas XXL, maderas nobles...). Es una cocina oriental de buena manufactura con un envoltorio sorprendente: un edificio de 1886 del que se han rescatado mármoles y columnas. Todo aquí merece un brindis con cualquiera de las más de 1.000 referencias de su bodega.
Alcalá, 12.
Ubicado en Galería Canalejas, aquí se rinde homenaje al bocado más famoso de la cocina cantonesa: el ‘dim sum’. Lo presentan aquí de 20 maneras y los realizan al momento un equipo de cocineros de Shanghai, Hong Kong o Hunan, formados en puestos callejeros o en restaurantes de estrella Michelin. De cerdo ibérico y jengibre, de tinta de calamar, de carrillera de ternera, de masa de tapioca, de pollo de corral... Si se busca algo más contundente, las costillas al vapor con judías negras cierran el círculo.
Zorrilla, 21.
En un océano de eclecticismo artístico, da gusto saber que hay galerías que tienen una línea tan marcada como reconocible. Sabiamente este espacio apostó desde el inicio por recuperar la memoria de artistas que se sirvieron, en España y Latinoamérica en los años 50 y 60, de la abstracción geométrica, con una comprometida reivindicación política: Agustín Ibarrola, Aurèlia Muñoz, Manolo Gil, Jesús de la Sota, Manuel Calvo... Sus exposiciones son museísticas, y eso no todo el mundo lo puede decir.
Jovellanos, 5.
Desde hace tiempo hablan de María Li Bao como la gran jefa de la cocina china en Madrid, siempre arropada por su hermano Felipe Bao. Este tándem presenta ahora uno de sus restaurantes más especiales, donde se recrean las recetas tradicionales cantonesas, pero reinterpretadas y algo más alejadas de la cocina occidental. Desde los ‘dim sum’ ibéricos con foie y trufa negra, al arroz frito Yangzhou, el bogavante azul o el bacalao negro con verduras. Sus fideos artesanales de boniato merecen un aplauso.
Lope de Vega, 7.
Bizcochos de chocolate sin harinas, tarta de arándanos y limón, de calabacín con crema de queso.... Alba, química de formación, dejó a un lado las fórmulas para dedicarse a su pasión: la repostería. Aparcando las probetas y sustituyéndolas por mangas pasteleras abrió este obrador en pleno Barrio de las Letras donde se hornean todos los días tartas caseras con productos de temporada. Es un local coqueto y discreto, pero hay que ser rápidos para coger alguna de sus mesas para la merienda.
San Pedro, 9.
Del gusto por la artesanía y los descansos en el Empordá nació esta tienda. Álex Llop está al frente de uno de los espacios más cuidados de la capital. Trabajó durante años en la Alta Costura por todo el mundo, y ese refinado gusto por saber escoger bien el producto lo ha trasladado a su local, que él bien denomina “galería”. Aquí presenta su propia línea de ropa realizada en lino, algodón o lana merino, y la combina con objetos de creadores como Andreu Carulla, Miguel Milá o Meritxell Durán.
Echegaray, 31.
“Casi no he tocado el barro y soy de barro”, decía el poeta Antonio Porchia. La cerámica es quizá el material orgánico que más sentimientos provoca: nostalgia, serenidad, quietud... Los artistas que lo trabajan lo saben, y viven ahora un buen momento por el valor que muchos galeristas están dando a sus piezas. Este espacio es un buen ejemplo de ello, a medio camino entre la tienda y el local expositivo. Objetos artesanos contemporáneos de ediciones únicas e historias detrás de cada mano que las moldea.
Jesús, 14.
El prolífico Grupo Zen, con nueve restaurantes orientales en la capital (incluido su prestigioso Asia Gallery en el hotel The Westin Palace), abre su versión más canalla e informal. Este nuevo templo de los noodles aspira a ser un referente de la comida china callejera del centro de Madrid: los ‘noodle bowls’, las ‘bento boxes’, el pato crujiente, el ‘pad thai’ o el cerdo agridulce protagonizan la carta. No faltan lo dim sum, el ‘spicy’ edamame, los baos, los rollitos vietnamitas o los langostinos cremosos con mayonesa picante.
Moratín, 17.
En tres talleres de Lavapiés se seleccionan los tejidos y las combinaciones de materiales que después se cosen para dar forma a los bolsos de Daniel Chong, las creaciones de un joven diseñador que, gracias al boca a boca, se han convertido en un ansiado complemento en el universo hipster de la capital. Ahora, esta artesanía made in Madrid tiene tienda propia: 100 metros cuadrados donde también se pueden comprar sus líneas de ropa, calcetines y sandalias. Esto sí es moda sostenible y de kilómetro cero.
León, 17.
Apostaron por los creadores independientes desde su creación en 2008, y el tiempo les ha dado la razón. Ahora tienen dos tiendas en la capital, una en Malasaña y otra en el Barrio de las Letras, donde venden y exponen desde productos de papelería e ilustraciones a su propia de colección de moda boho-chic. También tienen prendas de firmas madrileñas como Peseta o complementos artesanales de diseñadores como Sylvia Ribas. Casi ningún producto es igual a otro, y en eso está su ya veterana diferencia.
Amor de Dios, 17.
El término boutique aplicado a los hoteles adquiere su más amplio significado si se cumplen dos requisitos: pocas habitaciones y muy cuidadas en su estética y concepción. Y este hotel, de solo ocho apartamentos, anda sobrado, pues lleva la firma de la arquitecta italiana, Teresa Sapey. Son espacios amplios, con luminarias diseñadas ad hoc para cada lugar, muebles vintage que se mezclan con piezas contemporáneas e iconos del diseño y un uso del color que viste mejor cualquier post de Instagram.
León, 11.
Una floristería que vende moda o una tienda de moda que vende flores. Ambas cosas son este espacio de estética bohemia que lleva más de diez años trabajando arreglos y adornos florales en la capital. Este taller aromático ofrece al cliente salir con un ramo de flores de algodón, lavandas, espigas de trigo y avenas, o con un vestido vintage de los años cincuenta. El romanticismo impera en este local que también envía a domicilio y trabaja con pasión los ramos de novia y manifiestan predilección por las rosas rojas.
Texto: Mario Suárez
Mercado Antón Martín. Santa Isabel, 5.
De entre las muchas leyendas que tiene el fruto del pistacho, la más conocida es la de los amantes que se refugiaban de noche bajo las ramas de este árbol para escuchar el sonido del fruto maduro al abrirse, pues representaba buena fortuna. Dé suerte o no este manjar, hay un espacio en Madrid dedicado por completo a sus múltiples usos gastronómicos. Desde la crema hecha al momento a turrones, trufas y otros dulces realizados con este producto cuyo color, además, es igual de poderoso que su sabor.
Atocha, 73
Hace algo menos de una década se popularizaron las ‘concept store’, estas tiendas dedicadas a los regalos de diseño y que tan bien han hecho por los artesanos y jóvenes marcas de decoración y tanto presente de última hora han solucionado. Dooc es ya un consolidado ejemplo con dos tiendas en la capital, una en Malasaña y otra en Antón Martín, donde se venden desde esculturas hechas con cartón a divertidos jarrones con forma de plátano o corazón. El humor de los objetos que queremos en nuestras casas, a buen precio y, a veces, sostenibles.
Atocha, 34.
Levantado en 1852 como palacio de Nemesio Sancha, alto funcionario del Ministerio de Ultramar y caballero de la Orden de Carlos III, anteriormente alojó una ermita y un convento. Hoy, es un hotel de lujo con 34 habitaciones que recibe al huésped a través de un antiguo paso de carruajes con siete metros de altura. Tiene un jardín secreto con piscina y un restaurante para verano e invierno que llama a la privacidad y el romanticismo. Atención a su escalinata, considerada Bien de Interés Cultural.
Jesús, 6.
“Queremos ser un bar como los de antes, en los que la gente se lo pasaba bien”. Así se presentaba hace unos meses esta nueva coctelería de Familia Brown (Ciriaco Brown y Confitería), un local que es una oda a las tabernas de siempre pero con un enfoque en el que el buen beber es el protagonista. El estudio Pichiglás ha sido el encargado de dotar de personalidad al espacio, con una enorme barra de zinc, mesas altas y recuerdos que referencian a licores antiguos y objetos del Madrid “de antes”. ¿Los camareros? Con impolutas chaquetillas blancas.