DESAMORES EN EL TREN

Por Mariola Cubells

Me subí al AVE como cada martes dispuesta a pasar en Madrid veinticuatro horas de trabajo y farándula. Bendito tren –pensaba cada vez que lo cogía, cargada con mi ordenador, con mi libro–, que me permitía contestar wasaps, planificar, concretar asuntos sin distracciones. Que me dejaba ir y volver en el día, a veces, y dormir en casa.

Pero ese día no iba a resolver nada. Estaba metida hasta el fondo en una historia de amor contrariado, que había sucedido a destiempo y andaba frágil, llorosa, rara. Y había descubierto que el tren era un lugar ideal para dar rienda suelta a la llantina, con las gafas de sol puestas y mirando el paisaje que corría tras la ventana, escuchando música tristísima, música de desgarro, de partirte el corazón más aún... Días antes había vuelto todo el desamor a modo de latigazo y yo había decidido esa mañana, que sabía que iba a ser de zozobra, no ponerme rímel, ni maquillaje, para evitar acabar con la cara como un mapache, y llorar y llorar.

Fue subir al tren y disponerme al melodrama, pero, al poco de sentarme, a la chica que viajaba en un asiento cercano le sonó el teléfono. Respondió, pronunció con un sollozo el nombre de la que deduje que era una amiga querida y se arrancó a compartir en voz baja sus penas de amor. No paró de llorar durante la hora y media larga que duró nuestro viaje. Era un llanto contenido, que yo reconocía del todo, que sofocaba de vez en cuando con la mano en la boca. La veía de refilón a través del cristal de la ventanilla. Estuvo hablando largo rato, a trompicones, como sucede en el AVE. Cada vez que se cortaba, miraba por la ventana y seguía llorando. No podía dejar de escucharla. Se explicaba tan bien, era tan universal, tan mío lo que contaba...

Era una de esas historias en las que el corazón lo tienes quebrado porque te has enamorado cuando no tocaba, cuando no estabas disponible, cuando tenías otra pareja. Sabía bien a qué se refería. Su historia era la de tantas, la de tantos pasajeros que van y vienen de encuentros y de despedidas. Sentí una empatía infinita por ella. El tipo por el que se había vuelto loca de amor se llamaba Miguel. Su amiga no la dejó desasistida ni un instante. En el fondo era una chica afortunada, capaz de sentir así, de verbalizarlo, de tener a alguien a quien contarle la pena que la asolaba. Quise sentarme a su lado y consolarla, pero no me atreví. De haberlo hecho le podría haber contado mi propia historia. Que su Miguel se llamaba Álex. Le habría mostrado los versos que escribí para él durante un larguísimo viaje en tren, meses atrás, hacia un congreso literario, durante el que me puse todas las canciones que encontré para dinamitar el corazón. Compuse el poema aprovechando que podía llorar sin tregua mientras escribía, escuchando sin parar Complainte de la butte, de Rufus Wainwrigh.

Al llegar a Madrid y bajar del vagón, nos miramos de soslayo y creo que nos lanzamos una sonrisa triste. A la salida la estaba esperando un tipo que la abrazó con entusiasmo. Supe que no era Miguel.
 

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Mariola Cubells es escritora, periodista, analista audiovisual y programadora cultural. En su libro, Mejor que nunca (Editorial Espasa), rinde homenaje a una generación de españolas que levantaron su voz contra el patriarcado.

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El periodista y guionista Pedro Bravo (Madrid, 1972) escribe ensayo, ficción y podcasts. Su último libro, ¡Silencio! (Debate, 2024), es un manifiesto filosófico y político en defensa de la soledad, la introversión y la naturaleza.

VIVIR ES VIAJAR DESPACIO

Por Pedro Bravo

El viajero tuvo que dejar de viajar. Después de pasarse años recorriendo Europa de tren en tren, aprovechando el desahogo de los asientos en preferente para ensanchar las tablas de Excel casi hasta tapar el paisaje que, de todos modos, se le escapaba desenfocado por el rabillo del ojo, su vida se frenó.

Un despido inesperado, unos meses de buscar trabajo sin fruto, una relación deteriorada que acabó en divorcio y la imposibilidad de encontrar piso en la ciudad grande sin gastarse el resto del finiquito; ocurrió todo lo que nunca había imaginado que le sucedería o, quizás, se confirmó todo lo que en realidad estaba pasando sin que él se diese cuenta.

El caso, ya está dicho, es que el viajero dejó de moverse. Se instaló en la casa familiar en un pueblo en un valle a dos horas en coche de la ciudad grande. Sus padres habían muerto después de reformarla por si el hijo único y su esposa querían usarla los fines de semana. Él nunca quiso, no tenía tiempo, los pocos días que estuvieron por allí fue por insistencia de ella, decía que a su perra le gustaba ir. Ahora ella no estaba y él vivía allí. Con la perra, por cierto.

Habían formado un matrimonio sin hijos porque él pasaba tan poco y tan rápido por la cama común que lo contrario habría sido un milagro. Cuando se divorciaron, ella decidió que la perra, que él le había regalado y obligado a cuidar en su persistente ausencia, sería en custodia compartida. Pero el destino decidió que ella se cruzase con un hombre con menos prisa con el que tuvo un hijo que le quitó la posibilidad de custodiar ninguna otra vida animal.

El viajero que ya no viajaba tenía cada día que salir tres veces de aquella casa en la que no quería estar para sacar a esa perra casi desconocida para él que, no lo habíamos dicho hasta ahora, se llamaba Fina. Las primeras semanas, él iba entre enfadado y triste, convencido de que el mundo estrepitoso y acelerado en el que había militado le había despreciado.

La alegría de Fina durante esas salidas le aturdía tanto como le intrigaba. ¿Qué demonios encontraba tan interesante en ese paisaje que no se movía?
Hasta que una mañana, aquí no sabemos el motivo, dejó de distraerse con sus oscuros pensamientos y prestó atención a lo que tenía alrededor. Una perra que olfateaba un montón de pistas invisibles, unos pájaros que parecían mantener cien conversaciones cantarinas a la vez, unos árboles que se ponían poco a poco el traje de primavera, un río que bajaba de la montaña a veces tranquilo y a veces desbocado, unas lombrices que se esforzaban en un maratón de distancia cortísima, las sombras de las nubes que jugaban a perseguirse.

Ese día, el viajero que había dejado de viajar empezó a darse cuenta de que, en realidad, no había dejado de viajar. Ese día supo que, en los meses que llevaba caminando por ese paisaje, había podido observar, incluso a pesar del aturdimiento producido por su mal rollo, cómo todo cambiaba permanentemente, se movía, se metamorfoseaba. Ese día comprendió que solo se puede contemplar realmente la vida cuando se viaja despacio por ella.

 

UNA PÉSIMA DECISIÓN

Por Manel Loureiro

Desde luego, no había sido una buena idea. O, mejor dicho, aquella había sido la peor idea de una serie de malas decisiones. Pero ahora no tenía vuelta atrás.

Cuando se había subido al tren, apenas media hora antes, su estado dejaba mucho que desear. Toda una noche de fiesta, saltando de garito en garito, había pasado factura a su aspecto. Llevaba la ropa desarreglada, con algún que otro lamparón sospechoso, sus ojos estaban vidriosos e inyectados en sangre detrás de sus gafas de sol y sospechaba que su aliento no debía ser muy agradable. Pero lo peor de todo era que, en algún momento de la juerga, había perdido las llaves de su coche y su teléfono y, además, estaba sin blanca. Por eso se había colado sin billete en aquel tren de cercanías, que le llevaba hacia su casa.

Lo había hecho de manera inconsciente, pensando que no era más que una gamberrada sin importancia y que no tendría consecuencias. Por ese motivo, cuando vio la figura del revisor acercándose por el pasillo del siguiente vagón, sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Él era una persona conocida, un personaje popular que salía en televisión. Sabía, sin ninguna duda, que cuando le pillasen sin billete no se enfrentaría solo a una posible multa o a que le bajasen del tren. El escándalo sería mayúsculo. Incluso podría perder su trabajo.

Un sudor frío recorrió su espalda. Miró a su alrededor, como un animal enjaulado, buscando una salida, pero el tren estaba en marcha y el revisor se encontraba cada vez más cerca. Sus opciones se agotaban a la misma velocidad que aquel empleado se acercaba a su asiento, con ritmo pausado pero constante.

En ese momento sus ojos se posaron en el pasajero que estaba sentado frente a él. Era un hombre de mediana edad, vestido de traje, con la cabeza derrumbada sobre el pecho, sumido en un profundo sopor. Del bolsillo superior de su chaqueta asomaba el borde arrugado de un billete de tren, incitante y tentador.

Levantó la cabeza, indeciso y se pasó la lengua por los labios agrietados. No le deseaba ningún mal a aquel hombre, por supuesto, pero por otro lado el revisor ya casi estaba en su vagón. Sería tan sencillo inclinarse hacia el hombre dormido y coger aquel billete… todos sus problemas desaparecerían por ensalmo.

No, se dijo, eso no está bien. En ese momento se abrió la puerta del vagón con un siseo y el revisor entró con paso firme. Su aspecto aseado y eficiente no podía ser más diferente al que él lucía. Una vez más, la idea del escándalo y la vergüenza se coló en su cabeza, de forma insidiosa. No, no le quedaba más remedio. Se inclinó sobre el hombre dormido y sus dedos se cerraron en torno al billete. Justo en ese instante el tren pasó sobre un resalte de la vía y el hombre se desplomó entre sus brazos, como un guiñapo. En un gesto reflejo lo sujetó y su mano libre se cerró en el mango de la navaja que sobresalía de la espalda del cuerpo sin vida.

Apenas tuvo tiempo para sorprenderse, porque cuando levantó la mirada se cruzó con la expresión aterrorizada y estupefacta del revisor. Acusadora.

Y entonces supo, sin ninguna duda, que subir sin billete al tren era el menor de sus problemas.

 

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Manel Loureiro es escritor, guionista y presentador. Hace unos meses ganó el Premio de Novela Fernando Lara con su último libro, Cuando la tormenta pase (Planeta).

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Guionista de documentales, editora y gestora cultural. Beatriz Rodríguez (Sevilla, 1980) publica ahora su tercera novela, El espejo de Diana (Lunwerg).

TRAYECTO PARA OLVIDAR MENTIRAS

Por Beatriz Rodríguez

3, 2, 1… las imágenes del exterior que proyectan los ventanales del coche cuatro comienzan a deslizarse hacia atrás; la estación desaparece para dar paso a los edificios de grandes marcas comerciales que colindan con los límites de la ciudad; las autovías y puentes parecen una gran tela de araña que se deshace cuando no la miras; atrás quedan coches, rotondas, suburbios. En el horizonte se intuye otra realidad tímida; primero, campos sembrados o en barbecho; luego, árboles, alguna casa, algún pueblo sin estación. Mientras tanto una voz babélica –sabe inglés, español, catalán– nos susurra las posibles rutas de ocio que ofrece el tren: comida, bebida, internet. Su narración intermitente es desoída por todos los pasajeros, enfundados ya en sus islas de cascos y pantallas. Compruebo que efectivamente soy el único del vagón que no está entreteniéndose, más bien me estoy dejando llevar por imágenes que mi memoria activa al compás del chachachá que el tren baila sobre las vías.

Me calma comprobar cómo la náusea instalada en mi estómago desde hace meses se solapa con la sensación de vacío que experimentamos al adentrarnos en los túneles. Largos pasillos oscuros horadados en las montañas por los que subimos hasta la sierra. Es reconfortante saber que todos los demás pasajeros se sienten ahora mismo igual que yo; oídos sordos y un leve pitido que retumba en la cabeza. Hasta que empezamos a descender y el ruido de la vida se desliza de nuevo a mi alrededor, gente que se levanta para ir al baño, conversaciones que desoigo, aunque nadie susurra, carritos con comida que la tripulación del tren pasea, pasillo arriba, pasillo abajo, mientras la memoria vuelve en imágenes de luz tenue, intermitentes:

Un amor / un polvo / una boda / otro viaje en tren / un funeral / una mentira / un parto / la risa de Cynthia / Cynthia saltando en una cama elástica / Cynthia saliendo del vivero con una maceta llena de margaritas / Cynthia con su maleta en el primer día de colegio / Cynthia con la cara desencajada al obtener la respuesta desesperada de su madre cuando le pregunta por qué llora.
–Porque tu padre ya no me quiere.

Y ella corriendo hacia la habitación donde finjo no oír nada, reclamando una respuesta distinta, mientras yo, desarmado, miento: claro que la quiero.

– ¿Y no te vas a ninguna parte?
–No me voy a ninguna parte, mi amor.
–¿Ni de viaje?, ¿no te vas más de viaje? ¿Te quedas aquí con nosotras?
–Claro que me quedo, no me voy a ningún viaje.
–Te quedas aquí con nosotras –afirma Cynthia segura.

Miro a ninguna parte de nuevo por la ventana. El carrito de bebida y comida se acerca por el pasillo y un camarero de sonrisa impenetrable me pregunta si deseo tomar algo. Pido una cerveza, aunque no son las doce.

 

 

TRISTÁN, ISOLDA Y EL SÁNDWICH DEL AVE

Por Raquel Peláez

Siempre que cojo el tren pienso en Tristán García, ese personaje que el escritor y gastrónomo Álvaro Cunqueiro escribió para una recopilación de cuentos titulada Os outros feirantes. Tristán no tenía ni idea de por qué sus padres le habían puesto aquel nombre. Él, muchacho taciturno y sentimental, venía de una familia humilde y un día, cuando estaba haciendo la mili en León, compró en un quiosco La verdadera historia de los amantes Tristán e Isolda, un dramón en el que los dos enamorados morían y que le hizo llorar a moco tendido durante horas.

Tristán era un romántico y, desde entonces, se propuso encontrar a su Isolda. Dice Cunqueiro: “Él se imaginaba que se encontraban, se gustaban, se hacían novios, se casaban y vivían muy felices en Viana do Bolo, de donde él era natural”. Yo nunca he estado en Viana do Bolo, provincia de Ourense, aunque sí recuerdo haber cogido el tren en Viana do Castelo, Portugal, para ir a Oporto, cuya estación es una de las más bonitas de la Península Ibérica.

No me atrevo a decir que es la más bonita, porque otras me impresionan tanto o más cada vez que las frecuento. Una de ellas, la de Bilbao, cuyo nombre oficial hace honor al
socialista Indalecio Prieto, la visité por primera vez con mis abuelos, que, como toda la gente de su generación, cuando hacían viajes largos, se pertrechaban con víveres que metían en algo parecido a un hatillo. En su mentalidad no cabía la idea de comprar un bocadillo en ninguna cafetería, pues para ellos eso era un dispendio totalmente innecesario, y por eso no puedo evitar reírme por dentro cuando recuerdo a los pasajeros con los que compartíamos vagón en el Talgo asumir con total naturalidad que mi abuela sacase una tripa de chorizo y la cortase junto con unas rebanadas de pan para que no nos rugieran las tripas en el trayecto nocturno mientras yo quería morirme de vergüenza, porque quién no ha sido un poco imbécil de niño.

Aún hoy vivo como triunfo civilizatorio entrar en el bar del AVE y pagar tranquilamente por un sándwich mixto calentito que siempre me tomo con unas patatas fritas y una cerveza mientras miro las nubes y me pregunto si mi abuelo Juan me estará mirando desde allí arriba, reprochándome gastar dinero a lo tonto.

Ni mis abuelos ni Tristán García cogieron nunca un avión. Yo, sí, claro: era veinteañera cuando aparecieron las líneas de bajo coste en España y gracias a eso he visto cosas que ellos (Tristán y mis abuelos) no creerían. Sin embargo, jamás conseguiré dejar de pensar que los aeropuertos tienen un aire patibular mientras las estaciones de tren son románticas sin pretenderlo.

Tristán García, por cierto, encontró a su Isolda. Alguien de su pueblo, que sabía que quería encontrar a una mujer que respondiese a ese nombre, le avisó de que en una churrería que estaba pegada a la estación de Venta de Baños, provincia de Palencia, había una mujer con ese apelativo. Cuando la encontró, era una viejecita de pelo blanco y piel tersa que espolvoreaba el azúcar con mucha gracia. No fueron novios pero ese día él echó la casa por la ventana: se gastó el dinerín que llevaba en comprarle una docena de churros.

 

 

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Raquel Peláez es periodista y escritora. Ha publicado recientemente el ensayo Quiero y no puedo: Una historia de los pijos de España (Blackie Books).

@Stefan_Alfonso

Sergio Bang es escritor, gestor cultural y dirige Grant Librería. Autor de Venimos del Fuego (Plaza &Janés), sobre las librerías quemadas en el franquismo.

TAMBIÉN EL MAR

Por Sergio Bang

Mi madre es este paisaje. Una llanura repleta de árboles que acogen y resguardan cuando parece que está todo perdido. Es todos los caminos que atraviesan la meseta que veo desde la ventana del tren cada vez que regreso a su lado. Voy a buscarla al pueblo, a casa. Hace más de un año que no la veo, desde que su novio se separó de ella, aunque hablamos casi cada día. Su voz suena siempre de la misma forma, con ese tono de resignación blando que le sale cuando no entiende algo, pero lo acepta igual.

—¿Quieres que me vaya unos días contigo, mamá?
—No, hija, tu trabajo y tu novia son importantes, y yo estoy bien.

Fui feliz en el pueblo. Al menos hasta que descubrí que el mundo era algo más que las calles empedradas que llevaban a la iglesia y el paisaje perpetuo de la montaña, que cercaba todo como una cicatriz insalvable. Había alegría cuando llegaba el calor y florecía la mimosa frente a la estación, en los paseos hasta la fuente del Prado, en los juegos a la sombra del álamo centenario que luego fulminó un rayo. Todo lo que ahora echo de menos con más fuerza.

La casa de mi madre está justo al borde del pueblo, donde empiezan las hileras de tierra que ella aún cultiva mes tras mes hasta caer exhausta. Desde la ventana de lo que fue mi cuarto, veía las vías atravesar el horizonte, una línea de acero que brillaba al atardecer en el paisaje como una promesa. Cada noche, antes de dormir, me imaginaba subida a un tren que me llevaba lejos, a recorrer el mundo que empecé a descubrir en los libros de la biblioteca de mi padre, que fue maestro en Sigüenza. No llegué a conocerle, pero sentía que hablaba conmigo en secreto a través de las notas escritas a lápiz en los márgenes de sus libros: nombres de ciudades, frases subrayadas, recortes de periódicos y postales entre las páginas. Aquella biblioteca, olvidada en el desván de casa, fue mi lugar favorito del mundo. Y también mi refugio. Allí vuela aún hoy mi cabeza cuando necesito relajarme.

Ahora es mi madre la que dice que, teniendo la estación tan cerca, quiere viajar. “Seguro que algún tren de los que pasa me lleva a ver el mar”. No el de la televisión, no el que yo le envío en las fotos de mis veranos, sino el suyo. El que se imagina desde niña. Le ha pedido a la farmacéutica que le encargue un bañador “bonito pero discreto, con algo de color”, y me ha contado que le gustaría ir al Mediterráneo. Con ese tono de seguridad y ternura que no admite réplica: “Quiero meter los pies en el agua antes de que se me vayan las ganas”.

Y desde que me lo dijo, he sabido que no hay nada más importante que eso.
Ahora la veo por la ventanilla con su maleta, esperando en el andén, saludando a cada vagón por si yo estoy en alguno haciendo lo mismo. Desde ahora, mi madre va a ser también el mar. Una extensión serena y misteriosa que no se acaba nunca del todo. El agua fresca que calma, la sal que cicatriza. La orilla donde una puede sentarse a reposar después de tanto. Mi madre ya no será solo la meseta firme que me sostiene: también va a ser ese horizonte nuevo que vamos a mirar juntas por primera vez.

 

 

SIÉNTATE AQUÍ

Por Roberto Sánchez

Un colega, autor de grandes éxitos editoriales tanto aquí como en otros veinticinco países, me lo confesó tras los chupitos posteriores a la cena de clausura de un evento literario. Lo llamamos así cuando salimos de una convidá sufragada con patrocinio público silbando y con ínfulas, aun cuando se trate de un picoteo recio en la típica tabernilla donde acaba muriendo la última edición del enésimo festival de novela negra en el que compartimos cartel.

El tipo me aseguró que siempre, siempre viaja en tren. Hasta ahí, no acertaba a saber a qué venía tanto celo en la confidencia. “Cuanto más largo el trayecto, mejor”, añadió. Y como los que escribimos aborrecemos los tópicos en la cuartilla y solo se nos está permitido usarlos en el día a día para confundirnos entre el paisanaje, me puse la mano en la barbilla y me interesé por si eso de ir en tren España arriba y festival abajo era para poder disfrutar del paisaje y buscar la inspiración. “Sí y no”, respondió circunspecto, aunque aquello era más un no que un sí, porque a lo que se dedicaba era a simular que miraba por la ventanilla. “Así, nadie sospecha. En ninguna cabeza sensata cabe que esa pose pueda esconder un plan siniestro. Es imposible sospechar de quien lleva esa mirada perdida en el horizonte, mirando, pero sin ver la sucesión de paisajes enmarcados en una mágica quietud, fugaces a la vez, como instantáneas de la vida misma… ¿Ves? ¡No me digas que no suena a ñoñería! Con todos los respetos, ¡eh!, pero tiene más pinta de ñoñería que de perversión”, sostuvo mi compadre. Nos tratamos así, pero ni siquiera recuerdo el nombre de una de las tres esposas que me ha llegado a presentar este año.

“No despliego más registros como actor, pero en ese soy imbatible. Lo tengo muy ensayado”, me siguió contando, orgulloso, a media voz, mientras emulaba cómo. Se ve que la táctica, como todo lo que acaba triunfando, le surgió por casualidad. Hasta la fecha, no le había fallado nunca. Y le tenía tanta fe que no contemplaba que le fuera a dejar en la estacada jamás. Solo me rogó que no desvelase su nombre cuando, en un destello de lucidez, fue consciente de las consecuencias de que su indiscreción pudiera acabar con su exitosa carrera. Sobre todo, con los pingües beneficios que hasta la fecha no había tenido que compartir con diestro y siniestro. Tampoco con la ingeniera de caminos que, tras presentarse como una habitual de esta ruta, le sugirió aquel final tan lógico como brillante para la novela que le valió el prestigioso premio Goncourt.

Si vas leyendo esto, date un paseo con la excusa de buscar la cafetería. Mira a derecha e izquierda. Busca a un tipo que, de manera descuidadamente estudiada, se haya dejado la pantalla del portátil encendida con una página por rematar.

Siéntate a mi lado. Ni me inmutaré. Seguiré simulando que miro por la ventanilla. Como me enseñó mi amigo.

Desde entonces, ha cambiado la Espero que vengas a verme, inspiración.

 

 

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Roberto Sánchez (Barcelona, 1966) es escritor y periodista. Dirige Si amanece nos vamos, en la SER, y acaba de publicar El asesino del sello (Plaza & Janés).

@smartboy10

Elsa Sánchez Rodríguez se dio a conocer con El mar en calma (Universo de Letras). Pronto lanzará su segunda novela, un thriller policíaco.

CORAJE

Por Elsa Sánchez Rodríguez

Arrastraba su maleta por el andén más cargada de incertidumbre que de ropa. Llevaba una peluca y unas gafas de sol por temor a ser descubierta. Miraba a su alrededor, vestida además de inquietud, evitando cruzarse con los ojos de alguien conocido.

No, no huía de la justicia; era una mujer que huía de su propia vida, de su pasado, aquel en el que ya no recordaba la última vez que había sido feliz. En unos minutos se subiría al tren y, por fin, se alejaría de aquella ciudad que, haciendo balance, sumaba más recuerdos malos que buenos. Se despertaba con la piel rota y los ojos hinchados de haber pasado horas llorando y, cada día, se preguntaba qué pasaría si salía de esa falsa zona de confort. Era desdichada, atrapada en esa conformidad en la que se movía su existencia, siendo cada día una réplica del día anterior. Pero esa misma mañana, por un impulso de supervivencia, con la amarga certeza de haber tocado fondo, transformó su resignación en valentía y compró billete con destino a Madrid, preparada para escapar de lo que estaba acabando con ella, lentamente, en una eterna agonía.

Al subir al vagón se sintió segura. Aunque esa seguridad se desvaneció enseguida. Sentada en el lado de la ventana, vio el reflejo de sus ojos en ella y, detrás del cristal, estaba él. Sintió la sangre en la piel y el corazón le latía tan fuerte que parecía que quería salir del pecho. No había dejado ningún rastro; sin embargo, ahí estaba, su irreconocible figura, buscándola. Sintió el impulso de salir corriendo, pero la llegada de un pasajero que se sentó a su lado aplacó esa inquietud unos instantes. Cuando miró de nuevo el andén, él había desaparecido. Quizá su mente le había jugado una mala pasada.

Todavía estaba a tiempo de bajarse, con lo que eso significaba: volver a su insoportable realidad. Miraba el reloj, aún faltaban unos minutos. Sus manos comenzaron a sudar, se sentía nerviosa. El acompañante la miraba extrañado, con cierta incomodidad.

“No puedo hacerlo”, pensó, de pronto, admitiendo su cobardía. En ese momento de indecisión, el tren era su aliado; ahora todo dependía de que se pusiera en movimiento. En ese mar de angustia, decidió levantarse y acabar con esa tortura. A punto de tirar la toalla y dejar escapar ese tren, al fin, sintió el movimiento suave y silencioso del vagón. Dejó caer su cuerpo en el respaldo y respiró creyéndose a salvo. Una sensación de calma absoluta apareció de repente.

A medida que iba cogiendo velocidad, sus recuerdos se iban apeando de un tren donde ya no había cabida para todo lo que había permitido. Sobre la vía dejaba todos aquellos insultos que la hacían sentirse pequeña e insignificante, las poderosas amenazas que la tenían sometida, el tener que ir maquillada para ocultar la bronca de la noche anterior. Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a sus padres. Había callado durante tanto tiempo que no sabía cómo iba a explicar que lo abandonaba todo.

-Hola, mamá, tenemos que hablar.
-Hola, hija, ¿por fin lo hiciste? Ya no te volverá a tocar.

Entonces rompió a llorar, en una mezcla de alivio y tristeza, pero, sobre todo, coraje.

 

 

PIJAMA DE INVIERNO

Por Clara Chacón

Cuando ocupé mi plaza en el coche número cuatro del AVE, me sentí aliviada. Es curioso, yo sola, acompañada de todos mis miedos, y aliviada. Pero no es valiente quien no teme el peligro, sino quien lo atraviesa, eso decía mi madre. Así es que me acomodé en mi asiento con los cascos puestos, y el cable enganchado en mis pendientes de aro –porque no suelo desenredar los auriculares, me parece tiempo perdido, tiempo muerto– y con mi miedo a la espalda.

El tren empezó a moverse mientras escuchaba una canción de Rodrigo Cuevas que sonaba a ruptura, a cristales rotos, a soledades. Solo las estaciones de los trenes conocen todas las despedidas de una ciudad. Cuántas personas se van, cuántas llegan, cuántas no volverán y cuántas lo harán con más fuerza. Las que vuelven por Navidad o las que regresan a casa después de un viaje de trabajo. Solo los andenes de Atocha, de Sants o de Joaquín Sorolla, solo ellos conocen los besos apresurados, los besos al aire, los que nunca se dieron y la ilusión de los nuevos proyectos que esperan al final del recorrido. Las lágrimas por dejar a la familia en otra tierra, las lágrimas de cocodrilo o la despedida de un amor que no prosperará porque las relaciones a distancia no son fáciles. Los vagones conocen las emociones del viajero que no sabe expresarse, del que empieza el camino con un secreto que no desvelará nunca, del que no pronunció un simple adiós.

Yo no me despedí de nadie. / Tampoco tenía secretos./ Simplemente huía.

Atravesamos el túnel, mi miedo y yo. Un túnel que me lleva hacia nuevos comienzos. Ni siquiera sé a dónde me dirijo, solo sé que tengo que salir de aquí. En el túnel que conduce hacia la luz hay gente extraña. Frente a mí, un hombre que me recuerda la idea de ser madre. Aunque yo nunca he querido ser madre. Pero, no sé por qué, me imagino a una niña en mis brazos. Creo que él se lo está imaginando también. Me gusta mirarle como si le conociera. Tiene los ojos verdes, de un verde intensísimo y el pelo alborotado, moreno, más moreno de lo que debería estar una persona en pleno diciembre. Me imagino una vida con él, me imagino que sería el amor de mi nuevo comienzo. Me mira. Yo desvío la mirada y agacho la cabeza, no encuentro el rojo de mis mejillas en otro lugar que en mis piernas. Me delata el ojo izquierdo, que se desvía para volver a mirar. Él sigue allí. No se ha ido. Y yo, que he perdido la costumbre de la seducción, le miro sin estrategia, debería decirle algo, pero no se me ocurre ninguna palabra. A él tampoco.

Pienso en qué sucedería si hablara con él, cómo será su voz, una voz ronca y masculina que ha mantenido oculta durante todo el viaje, quizás este encuentro en un tren podría convertirse en una historia de amor inolvidable. Pero creo que no. Prefiero quedarme callada, con la fantasía de que sería el novio perfecto. Quien me cuidaría cuando estuviera enferma, quien vendría a buscarme al trabajo, quien me prepararía la cena cuando estuviera muy cansada, quien se acurrucaría a mi lado para ver una película francesa de la nouvelle vague, ese cine que le gusta a la gente interesante. Pero cuando termine este trayecto estaré con mi pijama de invierno, estampado en corazoncitos rojos, en una cama de noventa, viendo alguna serie de moda, para dejar de pensar.

 

 

 

 

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Clara Chacón es actriz y escribe poesía desde pequeña. En 2024 publicó su poemario más reciente: Lo que quedará mañana (Aguilar).

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Francisco Miguel López Martínez es diplomado en Trabajo Social. Amante de la novela negra, en 2024 publicó su primera obra: La Paradoja.

LOS MALES PASAJEROS

Por Francisco Miguel López Martínez

El hombre de cejas hundidas y labios torcidos arrastró los pies por el andén con manifiesta desidia. Esperó su turno y cuando lo atendió la azafata, resopló y hurgó en los bolsillos hasta dar con un papel perfectamente doblado, que volvió a guardar, y el billete, convertido en un gurruño de papel. La mujer lo extendió y alisó con alguna dificultad. “Venga, dame una razón”, pensó el hombre. Mientras la azafata trataba de leer el código de barras, él se giró y vio la generosa cola que había formado. Después de varios minutos, oyó un pequeño bip y la ubicación del asiento: coche 4, 7-B.

El hombre, con cara de pocos amigos, arrastró los pies y la maleta, mientras el resto de viajeros lo adelantaba con prisa, como coches de alta gama. De repente, sintió una mano en la espalda.

―No puede fumar en el andén –indicó un empleado– y estamos a punto de arrancar.

El viajero arrojó el cigarrillo a las vías, lo miró y continúo la marcha. Cuando se paró frente al coche cuatro, echó un vistazo al reloj de la estación y se agachó con parsimonia para atarse los cordones.

―Disculpe, tenemos que salir –señaló otro empleado.

El hombre se levantó, pasó las manos por el pantalón y observó a los viajeros que esperaban mientras pensó qué decisión iba a tomar.

―¿Caballero, va a subir al tren? –insistió el empleado.

En aquel instante fue consciente del estado real de su cuerpo: los pies pesaban como el cemento, el corazón estaba agitado y en la cabeza solo había niebla. Consultó de nuevo el reloj; habían pasado diez minutos de la hora de salida. “Venga, un poco más”, pensó, y al instante dudó: “Un poco, ¿para qué? Para quedarte o marcharte”.

Negó con la cabeza, subió al vagón y dejó que una azafata subiera la maleta. La puerta se cerró en la cara del hombre, impidiéndole salir del tren para volver al punto de partida.

Desechó toda ayuda para buscar un asiento que no estaba dispuesto a ocupar. Prefirió quedarse de pie en el espacio entre dos coches, viendo a la gente transitar de un vagón a otro o a quienes buscaban privacidad para hablar por teléfono. Sacó el papel doblado y lo volvió a guardar, incapaz de abrirlo y ver su contenido.

A través del vidrio de la puerta, contempló la secuencia de edificios, que siguió a un paisaje amarillo, luego verdoso y, por último, la espectacular vista del Puerto de Pajares.

Cuando el tren llegó a su destino, los viaje¬ros bajaron de forma ordenada y los empleados comenzaron a limpiar los vagones. Él permaneció en el espacio entre coches.

―Disculpe, ¿es su maleta? –sonrió una azafata.

El hombre asintió, cogió la maleta y afrontó el paso definitivo: bajó del tren y respiró aquel aire, que resultaba reconfortante. Elevó las cejas y sonrió. No había cemento en sus pies, tampoco niebla en su cabeza. Desdobló la hoja y leyó la dirección donde iba a comenzar su vida desde cero.

 

 

 

DESAMORES EN EL TREN

Por Mariola Cubells

Me subí al AVE como cada martes dispuesta a pasar en Madrid veinticuatro horas de trabajo y farándula. Bendito tren –pensaba cada vez que lo cogía, cargada con mi ordenador, con mi libro–, que me permitía contestar wasaps, planificar, concretar asuntos sin distracciones. Que me dejaba ir y volver en el día, a veces, y dormir en casa.

Pero ese día no iba a resolver nada. Estaba metida hasta el fondo en una historia de amor contrariado, que había sucedido a destiempo y andaba frágil, llorosa, rara. Y había descubierto que el tren era un lugar ideal para dar rienda suelta a la llantina, con las gafas de sol puestas y mirando el paisaje que corría tras la ventana, escuchando música tristísima, música de desgarro, de partirte el corazón más aún... Días antes había vuelto todo el desamor a modo de latigazo y yo había decidido esa mañana, que sabía que iba a ser de zozobra, no ponerme rímel, ni maquillaje, para evitar acabar con la cara como un mapache, y llorar y llorar.

Fue subir al tren y disponerme al melodrama, pero, al poco de sentarme, a la chica que viajaba en un asiento cercano le sonó el teléfono. Respondió, pronunció con un sollozo el nombre de la que deduje que era una amiga querida y se arrancó a compartir en voz baja sus penas de amor. No paró de llorar durante la hora y media larga que duró nuestro viaje. Era un llanto contenido, que yo reconocía del todo, que sofocaba de vez en cuando con la mano en la boca. La veía de refilón a través del cristal de la ventanilla. Estuvo hablando largo rato, a trompicones, como sucede en el AVE. Cada vez que se cortaba, miraba por la ventana y seguía llorando. No podía dejar de escucharla. Se explicaba tan bien, era tan universal, tan mío lo que contaba...

Era una de esas historias en las que el corazón lo tienes quebrado porque te has enamorado cuando no tocaba, cuando no estabas disponible, cuando tenías otra pareja. Sabía bien a qué se refería. Su historia era la de tantas, la de tantos pasajeros que van y vienen de encuentros y de despedidas. Sentí una empatía infinita por ella. El tipo por el que se había vuelto loca de amor se llamaba Miguel. Su amiga no la dejó desasistida ni un instante. En el fondo era una chica afortunada, capaz de sentir así, de verbalizarlo, de tener a alguien a quien contarle la pena que la asolaba. Quise sentarme a su lado y consolarla, pero no me atreví. De haberlo hecho le podría haber contado mi propia historia. Que su Miguel se llamaba Álex. Le habría mostrado los versos que escribí para él durante un larguísimo viaje en tren, meses atrás, hacia un congreso literario, durante el que me puse todas las canciones que encontré para dinamitar el corazón. Compuse el poema aprovechando que podía llorar sin tregua mientras escribía, escuchando sin parar Complainte de la butte, de Rufus Wainwrigh.

Al llegar a Madrid y bajar del vagón, nos miramos de soslayo y creo que nos lanzamos una sonrisa triste. A la salida la estaba esperando un tipo que la abrazó con entusiasmo. Supe que no era Miguel.
 

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Mariola Cubells es escritora, periodista, analista audiovisual y programadora cultural. En su libro, Mejor que nunca (Editorial Espasa), rinde homenaje a una generación de españolas que levantaron su voz contra el patriarcado.

VIVIR ES VIAJAR DESPACIO

Por Pedro Bravo

El viajero tuvo que dejar de viajar. Después de pasarse años recorriendo Europa de tren en tren, aprovechando el desahogo de los asientos en preferente para ensanchar las tablas de Excel casi hasta tapar el paisaje que, de todos modos, se le escapaba desenfocado por el rabillo del ojo, su vida se frenó.

Un despido inesperado, unos meses de buscar trabajo sin fruto, una relación deteriorada que acabó en divorcio y la imposibilidad de encontrar piso en la ciudad grande sin gastarse el resto del finiquito; ocurrió todo lo que nunca había imaginado que le sucedería o, quizás, se confirmó todo lo que en realidad estaba pasando sin que él se diese cuenta.

El caso, ya está dicho, es que el viajero dejó de moverse. Se instaló en la casa familiar en un pueblo en un valle a dos horas en coche de la ciudad grande. Sus padres habían muerto después de reformarla por si el hijo único y su esposa querían usarla los fines de semana. Él nunca quiso, no tenía tiempo, los pocos días que estuvieron por allí fue por insistencia de ella, decía que a su perra le gustaba ir. Ahora ella no estaba y él vivía allí. Con la perra, por cierto.

Habían formado un matrimonio sin hijos porque él pasaba tan poco y tan rápido por la cama común que lo contrario habría sido un milagro. Cuando se divorciaron, ella decidió que la perra, que él le había regalado y obligado a cuidar en su persistente ausencia, sería en custodia compartida. Pero el destino decidió que ella se cruzase con un hombre con menos prisa con el que tuvo un hijo que le quitó la posibilidad de custodiar ninguna otra vida animal.

El viajero que ya no viajaba tenía cada día que salir tres veces de aquella casa en la que no quería estar para sacar a esa perra casi desconocida para él que, no lo habíamos dicho hasta ahora, se llamaba Fina. Las primeras semanas, él iba entre enfadado y triste, convencido de que el mundo estrepitoso y acelerado en el que había militado le había despreciado.

La alegría de Fina durante esas salidas le aturdía tanto como le intrigaba. ¿Qué demonios encontraba tan interesante en ese paisaje que no se movía?
Hasta que una mañana, aquí no sabemos el motivo, dejó de distraerse con sus oscuros pensamientos y prestó atención a lo que tenía alrededor. Una perra que olfateaba un montón de pistas invisibles, unos pájaros que parecían mantener cien conversaciones cantarinas a la vez, unos árboles que se ponían poco a poco el traje de primavera, un río que bajaba de la montaña a veces tranquilo y a veces desbocado, unas lombrices que se esforzaban en un maratón de distancia cortísima, las sombras de las nubes que jugaban a perseguirse.

Ese día, el viajero que había dejado de viajar empezó a darse cuenta de que, en realidad, no había dejado de viajar. Ese día supo que, en los meses que llevaba caminando por ese paisaje, había podido observar, incluso a pesar del aturdimiento producido por su mal rollo, cómo todo cambiaba permanentemente, se movía, se metamorfoseaba. Ese día comprendió que solo se puede contemplar realmente la vida cuando se viaja despacio por ella.

 

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El periodista y guionista Pedro Bravo (Madrid, 1972) escribe ensayo, ficción y podcasts. Su último libro, ¡Silencio! (Debate, 2024), es un manifiesto filosófico y político en defensa de la soledad, la introversión y la naturaleza.

UNA PÉSIMA DECISIÓN

Por Manel Loureiro

Desde luego, no había sido una buena idea. O, mejor dicho, aquella había sido la peor idea de una serie de malas decisiones. Pero ahora no tenía vuelta atrás.

Cuando se había subido al tren, apenas media hora antes, su estado dejaba mucho que desear. Toda una noche de fiesta, saltando de garito en garito, había pasado factura a su aspecto. Llevaba la ropa desarreglada, con algún que otro lamparón sospechoso, sus ojos estaban vidriosos e inyectados en sangre detrás de sus gafas de sol y sospechaba que su aliento no debía ser muy agradable. Pero lo peor de todo era que, en algún momento de la juerga, había perdido las llaves de su coche y su teléfono y, además, estaba sin blanca. Por eso se había colado sin billete en aquel tren de cercanías, que le llevaba hacia su casa.

Lo había hecho de manera inconsciente, pensando que no era más que una gamberrada sin importancia y que no tendría consecuencias. Por ese motivo, cuando vio la figura del revisor acercándose por el pasillo del siguiente vagón, sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Él era una persona conocida, un personaje popular que salía en televisión. Sabía, sin ninguna duda, que cuando le pillasen sin billete no se enfrentaría solo a una posible multa o a que le bajasen del tren. El escándalo sería mayúsculo. Incluso podría perder su trabajo.

Un sudor frío recorrió su espalda. Miró a su alrededor, como un animal enjaulado, buscando una salida, pero el tren estaba en marcha y el revisor se encontraba cada vez más cerca. Sus opciones se agotaban a la misma velocidad que aquel empleado se acercaba a su asiento, con ritmo pausado pero constante.

En ese momento sus ojos se posaron en el pasajero que estaba sentado frente a él. Era un hombre de mediana edad, vestido de traje, con la cabeza derrumbada sobre el pecho, sumido en un profundo sopor. Del bolsillo superior de su chaqueta asomaba el borde arrugado de un billete de tren, incitante y tentador.

Levantó la cabeza, indeciso y se pasó la lengua por los labios agrietados. No le deseaba ningún mal a aquel hombre, por supuesto, pero por otro lado el revisor ya casi estaba en su vagón. Sería tan sencillo inclinarse hacia el hombre dormido y coger aquel billete… todos sus problemas desaparecerían por ensalmo.

No, se dijo, eso no está bien. En ese momento se abrió la puerta del vagón con un siseo y el revisor entró con paso firme. Su aspecto aseado y eficiente no podía ser más diferente al que él lucía. Una vez más, la idea del escándalo y la vergüenza se coló en su cabeza, de forma insidiosa. No, no le quedaba más remedio. Se inclinó sobre el hombre dormido y sus dedos se cerraron en torno al billete. Justo en ese instante el tren pasó sobre un resalte de la vía y el hombre se desplomó entre sus brazos, como un guiñapo. En un gesto reflejo lo sujetó y su mano libre se cerró en el mango de la navaja que sobresalía de la espalda del cuerpo sin vida.

Apenas tuvo tiempo para sorprenderse, porque cuando levantó la mirada se cruzó con la expresión aterrorizada y estupefacta del revisor. Acusadora.

Y entonces supo, sin ninguna duda, que subir sin billete al tren era el menor de sus problemas.

 

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Manel Loureiro es escritor, guionista y presentador. Hace unos meses ganó el Premio de Novela Fernando Lara con su último libro, Cuando la tormenta pase (Planeta).

TRAYECTO PARA OLVIDAR MENTIRAS

Por Beatriz Rodríguez

3, 2, 1… las imágenes del exterior que proyectan los ventanales del coche cuatro comienzan a deslizarse hacia atrás; la estación desaparece para dar paso a los edificios de grandes marcas comerciales que colindan con los límites de la ciudad; las autovías y puentes parecen una gran tela de araña que se deshace cuando no la miras; atrás quedan coches, rotondas, suburbios. En el horizonte se intuye otra realidad tímida; primero, campos sembrados o en barbecho; luego, árboles, alguna casa, algún pueblo sin estación. Mientras tanto una voz babélica –sabe inglés, español, catalán– nos susurra las posibles rutas de ocio que ofrece el tren: comida, bebida, internet. Su narración intermitente es desoída por todos los pasajeros, enfundados ya en sus islas de cascos y pantallas. Compruebo que efectivamente soy el único del vagón que no está entreteniéndose, más bien me estoy dejando llevar por imágenes que mi memoria activa al compás del chachachá que el tren baila sobre las vías.

Me calma comprobar cómo la náusea instalada en mi estómago desde hace meses se solapa con la sensación de vacío que experimentamos al adentrarnos en los túneles. Largos pasillos oscuros horadados en las montañas por los que subimos hasta la sierra. Es reconfortante saber que todos los demás pasajeros se sienten ahora mismo igual que yo; oídos sordos y un leve pitido que retumba en la cabeza. Hasta que empezamos a descender y el ruido de la vida se desliza de nuevo a mi alrededor, gente que se levanta para ir al baño, conversaciones que desoigo, aunque nadie susurra, carritos con comida que la tripulación del tren pasea, pasillo arriba, pasillo abajo, mientras la memoria vuelve en imágenes de luz tenue, intermitentes:

Un amor / un polvo / una boda / otro viaje en tren / un funeral / una mentira / un parto / la risa de Cynthia / Cynthia saltando en una cama elástica / Cynthia saliendo del vivero con una maceta llena de margaritas / Cynthia con su maleta en el primer día de colegio / Cynthia con la cara desencajada al obtener la respuesta desesperada de su madre cuando le pregunta por qué llora.
–Porque tu padre ya no me quiere.

Y ella corriendo hacia la habitación donde finjo no oír nada, reclamando una respuesta distinta, mientras yo, desarmado, miento: claro que la quiero.

– ¿Y no te vas a ninguna parte?
–No me voy a ninguna parte, mi amor.
–¿Ni de viaje?, ¿no te vas más de viaje? ¿Te quedas aquí con nosotras?
–Claro que me quedo, no me voy a ningún viaje.
–Te quedas aquí con nosotras –afirma Cynthia segura.

Miro a ninguna parte de nuevo por la ventana. El carrito de bebida y comida se acerca por el pasillo y un camarero de sonrisa impenetrable me pregunta si deseo tomar algo. Pido una cerveza, aunque no son las doce.

 

 

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Guionista de documentales, editora y gestora cultural. Beatriz Rodríguez (Sevilla, 1980) publica ahora su tercera novela, El espejo de Diana (Lunwerg).

TRISTÁN, ISOLDA Y EL SÁNDWICH DEL AVE

Por Raquel Peláez

Siempre que cojo el tren pienso en Tristán García, ese personaje que el escritor y gastrónomo Álvaro Cunqueiro escribió para una recopilación de cuentos titulada Os outros feirantes. Tristán no tenía ni idea de por qué sus padres le habían puesto aquel nombre. Él, muchacho taciturno y sentimental, venía de una familia humilde y un día, cuando estaba haciendo la mili en León, compró en un quiosco La verdadera historia de los amantes Tristán e Isolda, un dramón en el que los dos enamorados morían y que le hizo llorar a moco tendido durante horas.

Tristán era un romántico y, desde entonces, se propuso encontrar a su Isolda. Dice Cunqueiro: “Él se imaginaba que se encontraban, se gustaban, se hacían novios, se casaban y vivían muy felices en Viana do Bolo, de donde él era natural”. Yo nunca he estado en Viana do Bolo, provincia de Ourense, aunque sí recuerdo haber cogido el tren en Viana do Castelo, Portugal, para ir a Oporto, cuya estación es una de las más bonitas de la Península Ibérica.

No me atrevo a decir que es la más bonita, porque otras me impresionan tanto o más cada vez que las frecuento. Una de ellas, la de Bilbao, cuyo nombre oficial hace honor al
socialista Indalecio Prieto, la visité por primera vez con mis abuelos, que, como toda la gente de su generación, cuando hacían viajes largos, se pertrechaban con víveres que metían en algo parecido a un hatillo. En su mentalidad no cabía la idea de comprar un bocadillo en ninguna cafetería, pues para ellos eso era un dispendio totalmente innecesario, y por eso no puedo evitar reírme por dentro cuando recuerdo a los pasajeros con los que compartíamos vagón en el Talgo asumir con total naturalidad que mi abuela sacase una tripa de chorizo y la cortase junto con unas rebanadas de pan para que no nos rugieran las tripas en el trayecto nocturno mientras yo quería morirme de vergüenza, porque quién no ha sido un poco imbécil de niño.

Aún hoy vivo como triunfo civilizatorio entrar en el bar del AVE y pagar tranquilamente por un sándwich mixto calentito que siempre me tomo con unas patatas fritas y una cerveza mientras miro las nubes y me pregunto si mi abuelo Juan me estará mirando desde allí arriba, reprochándome gastar dinero a lo tonto.

Ni mis abuelos ni Tristán García cogieron nunca un avión. Yo, sí, claro: era veinteañera cuando aparecieron las líneas de bajo coste en España y gracias a eso he visto cosas que ellos (Tristán y mis abuelos) no creerían. Sin embargo, jamás conseguiré dejar de pensar que los aeropuertos tienen un aire patibular mientras las estaciones de tren son románticas sin pretenderlo.

Tristán García, por cierto, encontró a su Isolda. Alguien de su pueblo, que sabía que quería encontrar a una mujer que respondiese a ese nombre, le avisó de que en una churrería que estaba pegada a la estación de Venta de Baños, provincia de Palencia, había una mujer con ese apelativo. Cuando la encontró, era una viejecita de pelo blanco y piel tersa que espolvoreaba el azúcar con mucha gracia. No fueron novios pero ese día él echó la casa por la ventana: se gastó el dinerín que llevaba en comprarle una docena de churros.

 

 

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Raquel Peláez es periodista y escritora. Ha publicado recientemente el ensayo Quiero y no puedo: Una historia de los pijos de España (Blackie Books).

TAMBIÉN EL MAR

Por Sergio Bang

Mi madre es este paisaje. Una llanura repleta de árboles que acogen y resguardan cuando parece que está todo perdido. Es todos los caminos que atraviesan la meseta que veo desde la ventana del tren cada vez que regreso a su lado. Voy a buscarla al pueblo, a casa. Hace más de un año que no la veo, desde que su novio se separó de ella, aunque hablamos casi cada día. Su voz suena siempre de la misma forma, con ese tono de resignación blando que le sale cuando no entiende algo, pero lo acepta igual.

—¿Quieres que me vaya unos días contigo, mamá?
—No, hija, tu trabajo y tu novia son importantes, y yo estoy bien.

Fui feliz en el pueblo. Al menos hasta que descubrí que el mundo era algo más que las calles empedradas que llevaban a la iglesia y el paisaje perpetuo de la montaña, que cercaba todo como una cicatriz insalvable. Había alegría cuando llegaba el calor y florecía la mimosa frente a la estación, en los paseos hasta la fuente del Prado, en los juegos a la sombra del álamo centenario que luego fulminó un rayo. Todo lo que ahora echo de menos con más fuerza.

La casa de mi madre está justo al borde del pueblo, donde empiezan las hileras de tierra que ella aún cultiva mes tras mes hasta caer exhausta. Desde la ventana de lo que fue mi cuarto, veía las vías atravesar el horizonte, una línea de acero que brillaba al atardecer en el paisaje como una promesa. Cada noche, antes de dormir, me imaginaba subida a un tren que me llevaba lejos, a recorrer el mundo que empecé a descubrir en los libros de la biblioteca de mi padre, que fue maestro en Sigüenza. No llegué a conocerle, pero sentía que hablaba conmigo en secreto a través de las notas escritas a lápiz en los márgenes de sus libros: nombres de ciudades, frases subrayadas, recortes de periódicos y postales entre las páginas. Aquella biblioteca, olvidada en el desván de casa, fue mi lugar favorito del mundo. Y también mi refugio. Allí vuela aún hoy mi cabeza cuando necesito relajarme.

Ahora es mi madre la que dice que, teniendo la estación tan cerca, quiere viajar. “Seguro que algún tren de los que pasa me lleva a ver el mar”. No el de la televisión, no el que yo le envío en las fotos de mis veranos, sino el suyo. El que se imagina desde niña. Le ha pedido a la farmacéutica que le encargue un bañador “bonito pero discreto, con algo de color”, y me ha contado que le gustaría ir al Mediterráneo. Con ese tono de seguridad y ternura que no admite réplica: “Quiero meter los pies en el agua antes de que se me vayan las ganas”.

Y desde que me lo dijo, he sabido que no hay nada más importante que eso.
Ahora la veo por la ventanilla con su maleta, esperando en el andén, saludando a cada vagón por si yo estoy en alguno haciendo lo mismo. Desde ahora, mi madre va a ser también el mar. Una extensión serena y misteriosa que no se acaba nunca del todo. El agua fresca que calma, la sal que cicatriza. La orilla donde una puede sentarse a reposar después de tanto. Mi madre ya no será solo la meseta firme que me sostiene: también va a ser ese horizonte nuevo que vamos a mirar juntas por primera vez.

 

 

@Stefan_Alfonso

Sergio Bang es escritor, gestor cultural y dirige Grant Librería. Autor de Venimos del Fuego (Plaza &Janés), sobre las librerías quemadas en el franquismo.

SIÉNTATE AQUÍ

Por Roberto Sánchez

Un colega, autor de grandes éxitos editoriales tanto aquí como en otros veinticinco países, me lo confesó tras los chupitos posteriores a la cena de clausura de un evento literario. Lo llamamos así cuando salimos de una convidá sufragada con patrocinio público silbando y con ínfulas, aun cuando se trate de un picoteo recio en la típica tabernilla donde acaba muriendo la última edición del enésimo festival de novela negra en el que compartimos cartel.

El tipo me aseguró que siempre, siempre viaja en tren. Hasta ahí, no acertaba a saber a qué venía tanto celo en la confidencia. “Cuanto más largo el trayecto, mejor”, añadió. Y como los que escribimos aborrecemos los tópicos en la cuartilla y solo se nos está permitido usarlos en el día a día para confundirnos entre el paisanaje, me puse la mano en la barbilla y me interesé por si eso de ir en tren España arriba y festival abajo era para poder disfrutar del paisaje y buscar la inspiración. “Sí y no”, respondió circunspecto, aunque aquello era más un no que un sí, porque a lo que se dedicaba era a simular que miraba por la ventanilla. “Así, nadie sospecha. En ninguna cabeza sensata cabe que esa pose pueda esconder un plan siniestro. Es imposible sospechar de quien lleva esa mirada perdida en el horizonte, mirando, pero sin ver la sucesión de paisajes enmarcados en una mágica quietud, fugaces a la vez, como instantáneas de la vida misma… ¿Ves? ¡No me digas que no suena a ñoñería! Con todos los respetos, ¡eh!, pero tiene más pinta de ñoñería que de perversión”, sostuvo mi compadre. Nos tratamos así, pero ni siquiera recuerdo el nombre de una de las tres esposas que me ha llegado a presentar este año.

“No despliego más registros como actor, pero en ese soy imbatible. Lo tengo muy ensayado”, me siguió contando, orgulloso, a media voz, mientras emulaba cómo. Se ve que la táctica, como todo lo que acaba triunfando, le surgió por casualidad. Hasta la fecha, no le había fallado nunca. Y le tenía tanta fe que no contemplaba que le fuera a dejar en la estacada jamás. Solo me rogó que no desvelase su nombre cuando, en un destello de lucidez, fue consciente de las consecuencias de que su indiscreción pudiera acabar con su exitosa carrera. Sobre todo, con los pingües beneficios que hasta la fecha no había tenido que compartir con diestro y siniestro. Tampoco con la ingeniera de caminos que, tras presentarse como una habitual de esta ruta, le sugirió aquel final tan lógico como brillante para la novela que le valió el prestigioso premio Goncourt.

Si vas leyendo esto, date un paseo con la excusa de buscar la cafetería. Mira a derecha e izquierda. Busca a un tipo que, de manera descuidadamente estudiada, se haya dejado la pantalla del portátil encendida con una página por rematar.

Siéntate a mi lado. Ni me inmutaré. Seguiré simulando que miro por la ventanilla. Como me enseñó mi amigo.

Desde entonces, ha cambiado la Espero que vengas a verme, inspiración.

 

 

@CSA-Archive

Roberto Sánchez (Barcelona, 1966) es escritor y periodista. Dirige Si amanece nos vamos, en la SER, y acaba de publicar El asesino del sello (Plaza & Janés).

CORAJE

Por Elsa Sánchez Rodríguez

Arrastraba su maleta por el andén más cargada de incertidumbre que de ropa. Llevaba una peluca y unas gafas de sol por temor a ser descubierta. Miraba a su alrededor, vestida además de inquietud, evitando cruzarse con los ojos de alguien conocido.

No, no huía de la justicia; era una mujer que huía de su propia vida, de su pasado, aquel en el que ya no recordaba la última vez que había sido feliz. En unos minutos se subiría al tren y, por fin, se alejaría de aquella ciudad que, haciendo balance, sumaba más recuerdos malos que buenos. Se despertaba con la piel rota y los ojos hinchados de haber pasado horas llorando y, cada día, se preguntaba qué pasaría si salía de esa falsa zona de confort. Era desdichada, atrapada en esa conformidad en la que se movía su existencia, siendo cada día una réplica del día anterior. Pero esa misma mañana, por un impulso de supervivencia, con la amarga certeza de haber tocado fondo, transformó su resignación en valentía y compró billete con destino a Madrid, preparada para escapar de lo que estaba acabando con ella, lentamente, en una eterna agonía.

Al subir al vagón se sintió segura. Aunque esa seguridad se desvaneció enseguida. Sentada en el lado de la ventana, vio el reflejo de sus ojos en ella y, detrás del cristal, estaba él. Sintió la sangre en la piel y el corazón le latía tan fuerte que parecía que quería salir del pecho. No había dejado ningún rastro; sin embargo, ahí estaba, su irreconocible figura, buscándola. Sintió el impulso de salir corriendo, pero la llegada de un pasajero que se sentó a su lado aplacó esa inquietud unos instantes. Cuando miró de nuevo el andén, él había desaparecido. Quizá su mente le había jugado una mala pasada.

Todavía estaba a tiempo de bajarse, con lo que eso significaba: volver a su insoportable realidad. Miraba el reloj, aún faltaban unos minutos. Sus manos comenzaron a sudar, se sentía nerviosa. El acompañante la miraba extrañado, con cierta incomodidad.

“No puedo hacerlo”, pensó, de pronto, admitiendo su cobardía. En ese momento de indecisión, el tren era su aliado; ahora todo dependía de que se pusiera en movimiento. En ese mar de angustia, decidió levantarse y acabar con esa tortura. A punto de tirar la toalla y dejar escapar ese tren, al fin, sintió el movimiento suave y silencioso del vagón. Dejó caer su cuerpo en el respaldo y respiró creyéndose a salvo. Una sensación de calma absoluta apareció de repente.

A medida que iba cogiendo velocidad, sus recuerdos se iban apeando de un tren donde ya no había cabida para todo lo que había permitido. Sobre la vía dejaba todos aquellos insultos que la hacían sentirse pequeña e insignificante, las poderosas amenazas que la tenían sometida, el tener que ir maquillada para ocultar la bronca de la noche anterior. Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a sus padres. Había callado durante tanto tiempo que no sabía cómo iba a explicar que lo abandonaba todo.

-Hola, mamá, tenemos que hablar.
-Hola, hija, ¿por fin lo hiciste? Ya no te volverá a tocar.

Entonces rompió a llorar, en una mezcla de alivio y tristeza, pero, sobre todo, coraje.

 

 

@smartboy10

Elsa Sánchez Rodríguez se dio a conocer con El mar en calma (Universo de Letras). Pronto lanzará su segunda novela, un thriller policíaco.

PIJAMA DE INVIERNO

Por Clara Chacón

Cuando ocupé mi plaza en el coche número cuatro del AVE, me sentí aliviada. Es curioso, yo sola, acompañada de todos mis miedos, y aliviada. Pero no es valiente quien no teme el peligro, sino quien lo atraviesa, eso decía mi madre. Así es que me acomodé en mi asiento con los cascos puestos, y el cable enganchado en mis pendientes de aro –porque no suelo desenredar los auriculares, me parece tiempo perdido, tiempo muerto– y con mi miedo a la espalda.

El tren empezó a moverse mientras escuchaba una canción de Rodrigo Cuevas que sonaba a ruptura, a cristales rotos, a soledades. Solo las estaciones de los trenes conocen todas las despedidas de una ciudad. Cuántas personas se van, cuántas llegan, cuántas no volverán y cuántas lo harán con más fuerza. Las que vuelven por Navidad o las que regresan a casa después de un viaje de trabajo. Solo los andenes de Atocha, de Sants o de Joaquín Sorolla, solo ellos conocen los besos apresurados, los besos al aire, los que nunca se dieron y la ilusión de los nuevos proyectos que esperan al final del recorrido. Las lágrimas por dejar a la familia en otra tierra, las lágrimas de cocodrilo o la despedida de un amor que no prosperará porque las relaciones a distancia no son fáciles. Los vagones conocen las emociones del viajero que no sabe expresarse, del que empieza el camino con un secreto que no desvelará nunca, del que no pronunció un simple adiós.

Yo no me despedí de nadie. / Tampoco tenía secretos./ Simplemente huía.

Atravesamos el túnel, mi miedo y yo. Un túnel que me lleva hacia nuevos comienzos. Ni siquiera sé a dónde me dirijo, solo sé que tengo que salir de aquí. En el túnel que conduce hacia la luz hay gente extraña. Frente a mí, un hombre que me recuerda la idea de ser madre. Aunque yo nunca he querido ser madre. Pero, no sé por qué, me imagino a una niña en mis brazos. Creo que él se lo está imaginando también. Me gusta mirarle como si le conociera. Tiene los ojos verdes, de un verde intensísimo y el pelo alborotado, moreno, más moreno de lo que debería estar una persona en pleno diciembre. Me imagino una vida con él, me imagino que sería el amor de mi nuevo comienzo. Me mira. Yo desvío la mirada y agacho la cabeza, no encuentro el rojo de mis mejillas en otro lugar que en mis piernas. Me delata el ojo izquierdo, que se desvía para volver a mirar. Él sigue allí. No se ha ido. Y yo, que he perdido la costumbre de la seducción, le miro sin estrategia, debería decirle algo, pero no se me ocurre ninguna palabra. A él tampoco.

Pienso en qué sucedería si hablara con él, cómo será su voz, una voz ronca y masculina que ha mantenido oculta durante todo el viaje, quizás este encuentro en un tren podría convertirse en una historia de amor inolvidable. Pero creo que no. Prefiero quedarme callada, con la fantasía de que sería el novio perfecto. Quien me cuidaría cuando estuviera enferma, quien vendría a buscarme al trabajo, quien me prepararía la cena cuando estuviera muy cansada, quien se acurrucaría a mi lado para ver una película francesa de la nouvelle vague, ese cine que le gusta a la gente interesante. Pero cuando termine este trayecto estaré con mi pijama de invierno, estampado en corazoncitos rojos, en una cama de noventa, viendo alguna serie de moda, para dejar de pensar.

 

 

 

 

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Clara Chacón es actriz y escribe poesía desde pequeña. En 2024 publicó su poemario más reciente: Lo que quedará mañana (Aguilar).

LOS MALES PASAJEROS

Por Francisco Miguel López Martínez

El hombre de cejas hundidas y labios torcidos arrastró los pies por el andén con manifiesta desidia. Esperó su turno y cuando lo atendió la azafata, resopló y hurgó en los bolsillos hasta dar con un papel perfectamente doblado, que volvió a guardar, y el billete, convertido en un gurruño de papel. La mujer lo extendió y alisó con alguna dificultad. “Venga, dame una razón”, pensó el hombre. Mientras la azafata trataba de leer el código de barras, él se giró y vio la generosa cola que había formado. Después de varios minutos, oyó un pequeño bip y la ubicación del asiento: coche 4, 7-B.

El hombre, con cara de pocos amigos, arrastró los pies y la maleta, mientras el resto de viajeros lo adelantaba con prisa, como coches de alta gama. De repente, sintió una mano en la espalda.

―No puede fumar en el andén –indicó un empleado– y estamos a punto de arrancar.

El viajero arrojó el cigarrillo a las vías, lo miró y continúo la marcha. Cuando se paró frente al coche cuatro, echó un vistazo al reloj de la estación y se agachó con parsimonia para atarse los cordones.

―Disculpe, tenemos que salir –señaló otro empleado.

El hombre se levantó, pasó las manos por el pantalón y observó a los viajeros que esperaban mientras pensó qué decisión iba a tomar.

―¿Caballero, va a subir al tren? –insistió el empleado.

En aquel instante fue consciente del estado real de su cuerpo: los pies pesaban como el cemento, el corazón estaba agitado y en la cabeza solo había niebla. Consultó de nuevo el reloj; habían pasado diez minutos de la hora de salida. “Venga, un poco más”, pensó, y al instante dudó: “Un poco, ¿para qué? Para quedarte o marcharte”.

Negó con la cabeza, subió al vagón y dejó que una azafata subiera la maleta. La puerta se cerró en la cara del hombre, impidiéndole salir del tren para volver al punto de partida.

Desechó toda ayuda para buscar un asiento que no estaba dispuesto a ocupar. Prefirió quedarse de pie en el espacio entre dos coches, viendo a la gente transitar de un vagón a otro o a quienes buscaban privacidad para hablar por teléfono. Sacó el papel doblado y lo volvió a guardar, incapaz de abrirlo y ver su contenido.

A través del vidrio de la puerta, contempló la secuencia de edificios, que siguió a un paisaje amarillo, luego verdoso y, por último, la espectacular vista del Puerto de Pajares.

Cuando el tren llegó a su destino, los viaje¬ros bajaron de forma ordenada y los empleados comenzaron a limpiar los vagones. Él permaneció en el espacio entre coches.

―Disculpe, ¿es su maleta? –sonrió una azafata.

El hombre asintió, cogió la maleta y afrontó el paso definitivo: bajó del tren y respiró aquel aire, que resultaba reconfortante. Elevó las cejas y sonrió. No había cemento en sus pies, tampoco niebla en su cabeza. Desdobló la hoja y leyó la dirección donde iba a comenzar su vida desde cero.

 

 

 

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Francisco Miguel López Martínez es diplomado en Trabajo Social. Amante de la novela negra, en 2024 publicó su primera obra: La Paradoja.